martes, 31 de julio de 2018

Patito



Patito

Rebec@:
CUANDO TU ABUELA CASÓ con Juan H. Oviedo, al hombre le cambió la vida entera, no porque tu abuela fuera alguien especial, que al último sí lo era, cuanto por el matrimonio en sí y las circunstancia que lo rodearon.
Porque Oviedo, una vez casado continuó con su vida en el taller de reparación de maquinaria pesada, heredado del padre. Del padre, viejo español con sangre catalana, a quien le jodía que le recordaran su origen, también le heredó la desaforada costumbre de comer pan negro con rajas de queso añejo y vino tinto. No, no una hogaza ni dos ni tres, sino hasta seis, y no una botella o dos, sino hasta un odre mayor. Otra joya había en la vida de Oviedo que lo encumbraba: su desmedida afición por las carreras de caballos. A todas esas gracias y calamidades, Oviedo agregaba la del amor desmedido que sentía por tu abuela Patricia.
Su afición casi religiosa a las carreras de caballos los llevó, a él y a tu abuela, a asistir a carreras no sólo al Hipódromo de las Américas, en México, capital, sino a otros de importancia mayor, aun en el extranjero.
Tu abuela Patricia supo, desde antes del matrimonio, de la afición a las carreras del futuro marido. Desde el noviazgo, poco en serio, mucho en broma, tu abuela solía llamarlo "El tío Juan", nombre de un caballo al que hasta le hicieron un corrido que aun rueda por ahí.
Todos los excesos son malos, eso se sabe. Y si los caballos no le metieron ruido a la abuela en el matrimonio, el exceso en panes, queso y  vino tinto, sí.  Muy pronto el Ecuador del hombre le creció y le creció y le creció. Los problemas por la excesiva ingesta de lácteos y otras talegas, heredadas del padre, como ya se dijo, le hicieron ir a menudo al doctor. Vinieron, luego, las mil y una sugerencias de dietas tan variadas como absurdas. A unas y a otras, Juanito las mandaba a la madre patria, apenas se veía frente a cualquier chorizo u otro embutido.
Fueron los tiempos en que Patricia se convirtió no sólo en la esposa complaciente, sino en la enfermera de cuidados intensivos. Amorosa, la abuela lo cuidaba con esmero y atingencia. El otro, fiel y amoroso, se dejaba querer.
─Tus yerbas, equino -le decía la mujer a la hora de servirle de comer, en atención a cualquiera de las dietas de fracaso.
La suma de los años, el nacimiento de los hijos y la vida misma, hicieron del de ellos un matrimonio feliz, con altas y bajas, como todos en el mundo. Pero al hombre las yerbas no le alcanzaron para mucho, ni visitas a doctores y más doctores. Al fin, cuando le llegó la hora de su muerte, tu abuela lo despidió con serenidad.
“Patito” en lugar de Patricia, le llamaba siempre, muy en lo privado y nunca en lo público. Patito, así, en lugar de Patricia, repito. Tu abuela lo recordaba y, en medidas sesiones de queso y vino, la mujer, entre ebria y triste me lo confió.
Diez años después de la muerte de Juan Humberto Oviedo, tu abuela se volvió a fijar en otro hombre.
En mí.
Jaime


Nota: Sé que sigues yendo a tus terapias con el sicólogo. Muy bien. Es bueno para ti y para mí. Y, como ya te dije, con la abuela no todo es sexo.

miércoles, 25 de julio de 2018

Dios en una manzana



Dios en una manzana

Hubo un tiempo en que los versos de La Delgadina se escucharon mucho en casa, bajo la sombra de un mezquite, muy pegado al tejabán donde una vez se criaron conejos y pollos. Allá era a donde papá se iba a tomar vino y a cantar la tragedia de una mujer que se paseaba de la sala a la cocina, según la letra.
Fue por culpa del vino que vacas, becerros, caballos y burros, que habían sido comprados con el sueldo de papá cuando trabajaba en el aserradero, fueron vendidos, lo mismo que las colmenas que escurrían miel.
Para bien, un día papá dejó de beber, como cosa de milagro, aunque el mal ya estaba hecho, pues en los gallineros no piaban más los pollos, ni había conejos ni mazorcas para desgranar. A papá no lo volvieron a ocupar en el aserradero. Trabajaba aquí y allá, de a poco y de a nada; el dinero no alcanzaba ni para un suspiro. Cada mañana, mamá en la cocina, empujada más por la costumbre encendía un poco de leña, acaso para hervir agua, pues no había para más.  
Y encima de todo yo, queriendo hacer mi primera comunión, sin la seguridad de saber de dónde sacarían dinero para comprarme vela, rosario, camisa blanca, pantalón y zapatos.
Cada amanecer era lo mismo: Esperar el milagro de la multiplicación de las tortillas y asegurar que donde come uno comen cinco, pues en esos días, perseguidas por la perra de la miseria, llegaron a vivir a casa una hermana de mamá y su hija, una muchacha de edad y estatura un poco más grande que la mía.
En ese tiempo, mis días de niño se escurrían entre ir a la escuela primaria, a veces con un pedazo de lápiz y con apenas una hoja para garabatear y, por las tardes, una sí otra no, asistir al catecismo, con el padre Juan, quien nos enseñaba jugando, y jugando aprendíamos para cumplir el sacramento de la comunión. Cada día, para una u otra tarea, recorría el par de kilómetros de entre nuestra casa de rancho y el pueblo, Canatlán.

Una mañana, mi padre me hizo la petición:
─Neo, hijo, deja de prepararte para la Primera comunión; no tengo dinero para tanto.
─Pero, papá, el padre Juan dice que…
─No hay dinero, hijo. Se acabó.
Pero, un poco socarrón y un mucho animado por mamá, continué con mi preparación, acompañado ahora por la prima recién llegada. Juntos recorríamos el camino, pasando por la atarjea de los pichones, para luego recorrer el tramo de las vías del ferrocarril, jugando al equilibrista sobre los rieles, antes de cruzar el huerto de manzanas del que el tío Andrés era hortelano, pero no dueño.
Una de esas tardes, cuando iba yo con la mirada metida en la punta de los huaraches, ya metidos por entre los manzanos de la huerta, casi para entrar al caserío, sucedió el prodigio.
Vi una manzana grande, tirada en el suelo, huérfana, con las marcas de los dientes de la persona que la había arrancado, mordido y tirado. Sin soltar la mano de la prima, quise recogerla. La muchacha no sólo no lo permitió, sino que aprovechó para decirme que esa manzana estaba sucia, que ya la había “besado el diablo”, por estar en el suelo. Yo insistí, pues había algo extraño en la fruta aquella y se lo hice saber. Entonces, ambos lo vimos.
Era un billete de veinte pesos pegado a la parte mordida de la manzana, untado tal vez por la saliva de quién la mordió, o por lo dulce de la fruta, o por las dos. Vimos a un lado y otro del camino, buscando al posible dueño del dinero, pero no había nadie cerca. Incrédulos, recogimos el billete, dando gracias a Dios. Volvimos a casa.
Papá no lo podía creer. “Un billete de veinte pesos alcanza para muchas cosas.”, anticipaba. Mamá lo convenció de que aquello era una señal divina para que yo hiciera mi primera comunión.
─Está bien –dijo papá- compraremos todo lo necesario para el niño.
Al otro día fuimos a Canatlán a comprar todo. Papá guardó el resto del dinero sobrante.

Llegó el día en que el párroco dijo quiénes de los que estábamos asistiendo al catecismo haríamos la primera comunión. En misa anunció los nombres de dos, el de Manuel y el mío.
Llegado el día, todo era como de sueño: la misa, comulgar, las palabras del padre, todo muy bonito. Mi madre, mi tía y la prima estuvieron conmigo. Mi padre no pudo asistir, después supe por qué.
 Más tarde, ya en casa, vi a papá barriendo los corrales de criar conejos y criar pollos. Fui hasta allá, muy todo vestido de blanco. Me vio, me sonrió y vino a abrazarme. Luego, de una caja grande sacó varias crías de conejos y los puso en la conejera; después, de otra caja el turno fue para unos pollos, los que metió en su corrales recién barridos. Ahí les dispuso agua y alimento.
Yo estaba feliz. Mi mamá, mi tía y la prima, también, lo sentía.

Luego vimos a papá ir a sentarse bajo el mismo mezquite, el de siempre. Desde ahí volvimos a escuchar los versos aquellos, los de la Delgadina que se paseaba de la sala a la cocina.

Era papá que estaba tomando tal vez dos, o tres, o cuatro tragos de una botella de licor. 

viernes, 20 de julio de 2018

Juanica


Juanica


En Alto Cedro, municipio de Cueto, Provincia de Holguín, Cuba, los curas pisan poco.
Son especie en extinción desde la toma del Cuartel Moncada y a partir de que Fidel impuso su ley, pues por acá la gente le prendemos más veladoras a José Martí y al Che Guevara que al mismo Papa y sus once mil vírgenes.
Hoy, sin embargo, ha venido un cura, dicen que desde Veracruz. Pero, ¿sirven para algo los curas y sus mensajes de amor entre los hombres? En fin, la voz se corrió por todo Alto Cedro y, para más señales, esta mañana de domingo dos monaguillos vestidos con enaguas en blanco y rojo anduvieron por calles, playas y vías del ferrocarril tocando una campanilla, gritando ¡Misa!, alargando la vocal a, dando lugar y hora: ¡“Misaaaa”!, ¡Patio Santa Marinaaa, doce del mediodíaaa”!
El Patio Santa Marina, usted debe saberlo, es usado de común para bailes y guarachas. Pero esta vez ha sido muy bien acotejado para la ceremonia religiosa, a faltas de templo. Es un lugar techado con palmas, piso de cemento, largo y con paredes sólo en las cabeceras. En los laterales no hay muros, para que corra el aire y espante el calor cuando ahí se baila sabroso los días de fiesta. Pero esta vez no hay rumba, esta vez es otra cosa, mi negro.
Lienzos largos caen de morados por allá y otros blancos por acá, en vez de los muros faltantes. Donde de costumbre se coloca la orquesta en días de baile, pusieron el altar sobreponiendo varias mesas, cubiertas todas con manteles muy blancos y jarrones amarillos con flores rojas. Un Cristo crucificado fue puesto al centro, en todo lo alto, colgado de la viga central. “Pobre hombre”, dije al verlo. Una imagen grande y bella estaba bien puesta en el altar, Nuestra Señora de la Caridad del cobre. Había bancas largas y algunas sillas individuales. Debo decir, mi negro, que a nadie obligaron a venir, y creo que tampoco a nadie se le prohibió. A mí, chico, la verdad, me ha ganado más la curiosidad que la fe. Chan Chan, mi marido, dijo que él no venía.
Me he vestido con falda ancha, con pedazos de arcoíris que medio cubren mi cadera. “Un poco corta la falda dice mi vieja, quien me enseñó, antes del abecé, el Diostesalvemaría;  “Con que te tape las rodillas, Juanica -me dice mi Chan Chan- y cuidado vaya andar de sata.”  Mi escote es bajo, sí, pero, chico, ya todos saben que es por la calor. Lo de que no lleve sostén, es porque no hallo de mi talla, y poco les debe importar, pues. Me voy a misa, con mi pelo rizo, la piel morena, limpia, y mi bolso terciado.
Hasta acá he llegado.
No me detuvo ni el calor, ni el olor a melaza del cañaveral y, mucho menos, el letrero grande ese que han puesto en un cartón, colgado: ENTRA A ESTA CASA DE DIOS, VESTIDA DECENTEMENTE. A mí eso no me dice nada, pues me parece que siempre he vestido así, decente. Entro. Voy y me siento en primera fila, porque yo soy de primera, ¿sabían?  Siempre he sido de la idea de que acá en Cuba cada quien con su santo, y no más. Ah, pero eso sí, se deben respetar algunas reglas, claro, chico, porque así como dicen que Dios está en todas partes, El Comandante también. Y yo no sé cuál de los dos tiene el brazo más largo, ni cual apriete más.
La ceremonia da inicio.
Todos atentos. Hay unos que ya saben de qué se trata esto y otros que vienen a aprender. Ora me siento, ora me paro, ora me hinco, todo en orden. Me santiguo como se debe. Como se debe, doy la paz. No me gustan los cánticos, pero ni modo que canten de Benny Moré o de la Matancera, no, por Dios, no, chico, eso es para otro momento.  
Pero noto al cura nervioso, sobre todo cuando me siento y mi falda no da para cubrir  mis piernas, y más cuando se me quedan un poco abiertas. Uy, y si agito y toco mi pecho repitiendo aquello de “Por mi culpa, por mi culpa, por mi grande culpa…”, mis tetas libres sienten la mirada del sacerdote, que hasta pienso que se quiere morir nomás de verme, y que ya ha de estar con sus timbales muy hinchados. Creo que todo es por mi culpa, por mi culpa… “Mejor me salgo,  el cura me lo agradecerá”, me digo.  Y salgo, sí, trato de no llamar la atención, cabeceo lienzos y tiras de humo de copal blanco y de incienso morado. Cuando ya casi salgo veo el otro letrero: APAGUE SU CELULAR. “Carajo, qué vaina, cuál celular, si la Revolución nos ha alcanzado para escuelas y hospitales, un poco de tv en blanco y negro, y no más. Entonces, ¿de dónde celular?”
         Camino hasta fuera, con el aire besando mi cara.
Hurgo en mi bolso hasta dar con el cigarro consumido a medias, el que me encontré aplastado en un cenicero de la Oficina de Correos. Pido lumbre a uno, y me sigo por la playa, descalza, fumando el pedazo de basura que no sabe a habano. Fumo y camino; camino y pienso; pienso y repienso que por acá en Alto Cedro, ni por Mayarí y menos en Marcané, los curas ni las vírgenes ayudan mucho a la hora desear un celular.
Bueno, ni Fidel y su puta Revolución.



jueves, 19 de julio de 2018

Dados

Dados

Los pequeños cubos escaparon de los cuencos del Anciano y rodaron otra vez por tapetes de desiertos, bosques y mares.
Ajeno, el Santo no escuchó los lejanos rezos; ni olió el incienso encendido por ortodoxos y heterodoxos, rogando que cesara el juego.

El Viejo había olvidado todo; hasta al Unigénito crucificado, y aun la Paloma de su Triunvirato.
Acaso recordaba que había que mover los dados en el cubilete de sus puños y arrojarlos. Era ese el juego temido por muchos, en el que el Hombre Aquel no tenía más contrincante que Él mismo y su Santo Juicio.



Jaime González


Ejercicio en cien palabras

martes, 3 de abril de 2018

Cuenta hasta cuatro




Cuenta hasta cuatro

                                                                                                                                            

En su boca sentía un estorbo, algo como un pedazo de ladrillo que no le permitía tomar aire a todo pulmón; su cuerpo, caliente hasta hacía un rato, comenzaba a enfriarse por el rumbo de los pies. Unos dedos entraron a su boca y lo liberaron; el hombre tomó aire a traguitos, luego más y más, hasta el punto en que, de pronto, su cuerpo se metió de lleno al callejón de las convulsiones.
El temor llenó el corral aquel donde los fines de semana se arreglaban asuntos nimios a punta de moquetes; los otros líos, los “gruesos”, se resolvían en los juzgados de la calle, donde no había más ley que la que dictaba la punta de un cuchillo o una navaja.
Estaba tirado sobre el piso de tierra que habían regado con un poco de agua para aplacar el polvo, antes de la pelea;  sin control, como gusano en comal caliente. Las sogas del cuadrilátero de barrio se movían al paso de unos y otros, entrando y saliendo sin saber qué hacer. El público, rumiador de pobrezas y de oficio albañil, los más, se miraban sin saber qué decir ni qué hacer en aquel coliseo donde los mugidos de vacas en corrales cercanos  llenaban el ambiente, igual que los gruñidos y aromas de marranos.
Toda la semana Felipe estuvo esperando que llegara el sábado. Sus compañeros de obra lo señalaban favorito sobre el Tronco, vencedor de muchos, pero sobre todo de sus dos hermanos. Más que el triunfo, Lipe buscaba la venganza familiar y todos lo entendieron así.
Cada tarde, después de lavar sus manos de mezcla, mortero y cemento, practicó golpes contra un costal colgado relleno de colchonetas y trapos viejos; enredaba cada vez sus nudillos con vendajes hechos con lienzos de sábanas orinadas y de flores desteñidas, confiado en que el sábado arreglaría las cuentas con el Tronco, para bien de la estirpe familiar.
         El corral se atiborró de gente que se sentó sobre tablones, en tambos vacíos, o recargados en lo que fuera. Algunos  hasta  cruzaron  temerarias apuestas que no rebasaban los diez pesos. A poco, los contrincantes llegaron con sus cómplices, hasta sus esquinas. Sin más protocolo que los gritos desafinados de algunos, y ausentes de gritones de ceremonia y de  himnos patrios, como los veían en televisión, los peleadores se mostraron listos para el combate. Se calzaron los guantes Cleto Reyes, rojos, y viejos; el árbitro, Victorino, se siguió con la repetición de las reglas de la comisión de box del barrio que nadie conocía, excepto él. Felipe se desenfundó el jorongo con la virgen de Guadalupe, su favorito, el de la buena suerte; el Tronco se sacudió una manta con muchas estrellas con el escudo de Chivas.
Un martillazo en un pedazo de riel llamó a los moquetes.
Lipe era el favorito sentimental: siete peleas, siete triunfos. Desde el primer campanazo, le dijo con los puños al Tronco Chávez quién mandaba. 
─¡Ya lo tienes, Lipe, ya; no lo sueltes, no lo sueltes! ─le recomendaban a gritos sus hermanos.
Para el segundo raund, el Tronco se le abrazó. Lipe lo golpeaba abajo, a la cabeza, al rostro, repetido. Cada vez que Chávez pujaba por el golpe recibido, Felipe le atizaba más, como si fuera su papá. Para el tercero, el Tronco andaba sin rumbo, buscando las sogas, sin poder correr.
─Si no te apuras, suspenderían por castigo innecesario ─le advirtieron a Felipe en su esquina.
Pero Lipe se sentía seguro.
Besaba, entre raund y raund, a la virgencita del poncho que colgaba en el poste de su esquina. Tronaban, rasposos, los gritos de los areneros; duros los aullidos de los hombres del ladrillo rojo; fieros los cadeneros de la Calle 28 sur; y los de puchadores de yerba y pastas, y el padrote de las prostitutas de la calle doce. Todos a favor de Lipe.
         Así llegaron al cuarto round, cuando a Lipe le dio por hacer el “paso de la gallina”, aquel, el del Súperman negro, un tal Muhamad Alí. Lo hizo una vez y la gente lo festejó; y otra, y otra más.
La sangre brotó de la nariz y el hocico del Tronco. Lipe feliz. Siempre, al finalizar el round, levantaba ufano los brazos, mostrando una sonrisa abierta, mientras que la cara del rival se descomponía cada vez más. La venganza estaba consumada, casi.
Para el quinto, un descuido de Lipe permitió un garrotazo del Tronco. Se le metió en la cara, volando. Llegó sin saber de dónde, perdido; fue un obús que se le metió en la frente, en la cara, en la barbilla, por entre los ladrillos mojados, metida en la mezcla, por el andamio, por todos lados. Lipe se desmadejó, fue a dar al piso de tierra y ni la Lupita del jorongo pudo hacer algo.
Cayó, como muerto. Lo despatarraron, le quitaron los tenis y el calzón de ancho elástico que oprimía su vientre; alguien retiró de su boca el plástico que no le dejaba respirar; su rostro se torció; los ojos se le fueron a blanco y, del garabato de su boca escurrió, abundante, una espuma como de perro del mal.
Alguien repetía: “Tranquilo, tranquilo”. Estaba ahí, pero Lipe no entendía ni madres. Al fin,  medio despertó. Le preguntaron por su nombre:
─Lipe.
─¿Lipe qué?
─Saldaña.
─Bien, bien. ¿Cuántos son éstos? –y le aprontaron una mano abierta con un dedo doblado. Él los vio. Nunca fue bueno para los números.
         ─Cuenta bien, ─le sugirieron─ no te presiones.
─Uno dos tres cuatro.
─Ya, ya; ya pasó ─le dijeron, le mintieron, y lo ayudaron hasta sentarlo en la sucia tierra.
Alguien le cubrió la cabeza con una toalla manchada con la sangre del Tronco;  le taparon el dorso con el poncho de la Lupita. Ya en pie, ayudado por otros, tomó rumbo a los cuartuchos de lámina que servían de baño; cruzó entre ladrilleros, profesionales del yeso y graduados de fontaneros. Caminó en zigzag, desnudo, descalzo. Con la cabeza dándole vueltas. Gritó de pronto, desaforado, como el Tarzán que viera hacía quince años sabía Dios en qué cine y en qué colonia. Tiró el poncho de su buena fortuna y se desplomó de nuevo, convulsionando. El de las putas, único con celular, llamó a la Cruz Roja.
Más tarde, dentro de la ambulancia que volaba con la sirena abierta, a Lipe le regresó un poco de conciencia. De pronto y sin más, sentado en la camilla de la ambulancia, con los ojos torcidos, le dio por gritar que  acercaran más ladrillo y más mezcla; que prepararan los castillos para colar, que movieran el andamio, y que le dijeran al Tronco Chávez que el sábado le iba a partir su chingada madre.

viernes, 23 de febrero de 2018

Sólo vino a tomar café



Sólo vino a tomar café

Al amanecer el sol entrará, como todos los días, rebanado por los portillos dejados para que el humo de la chimenea escape. El jacal no lucirá ni más negro de hollín ni más oloroso a epazote, ruda, te de hojas de naranjo, tabaco o café de olla, que como lo estuvo en los últimos meses.
Mañana seré llevado al hoyo que con muchas dificultades algunos amigos, y otros no tanto, cavaron en el duro suelo de la loma de enfrente. Después del sepelio las cosas volverán a su ritmo pardo en este rancho serrano de doce casas y cien ausentes. Nadie me recordará, acaso mi hermano, y eso por el olor de los granos sobrantes de los costales de café, en una cocina donde mi madre seguirá con la idea de que vivo peleando una guerra para un país de mariguanos.
El rudo cajón de madera donde hoy me guardan, oloroso a mi cuerpo y al relleno de granos de café, bajará al pozo según le encargué a mi hermano. Él, en su rol de pastor gringo, dirá algunas palabras. Tal vez, y sólo tal vez, citará algunos versículos de la Biblia, a pesar de haberle pedido en mi agonía que no lo hiciera. Seguirá sin saber que fue de un retazo de sueño de donde tomé la idea de rellenar mi ataúd con granos de café tostado; elucubrará y agradecerá que no se me ocurriera, además, el relleno del catafalco con hojas de tabaco, dada mi alta afición a uno y a otro.
La escasa veintena que irá al sepelio, todos hombres, se espantarán las moscas del recuerdo simulando un persigno, bostezarán cansados del tiempo, de la rutina y el aburrimiento que acá es rey. Algunos darán vuelta a sus sombreros quemados de sol, entre sus dedos amarillos por el torcido de sus cigarros; sus camisolas negras y de cuellos duros harán juego con sus uñas prietas de tierra. Habrá quienes pensarán que están en un mitin político pero todos con la definida idea de tejer solidaridad para cuando a ellos les toque estar en la caja.
Mañana durante mi entierro no habrá anuncios de nada, ni llanto, ni lamentos. Algunos respirarán tranquilos al saber que me muero sin dejar deudas pues el dinero para escarbar, el cajón de madera y el café, cien kilos repartidos en tres costales, los pagué previsor y puntual.
Tan pronto caiga el último terrón todos volverán a lo suyo, que tampoco es mucho. Quizá a algunos les brinque el recuerdo de un tipo que, como muchos otros, se fue y regresó; tal vez me recordarán como alguien que sólo vino a tomar café y café.
A fumar y fumar.

A morir y morir.

sábado, 17 de febrero de 2018

Linterna Verde






Linterna verde

Estuve acostada sobre mi lado izquierdo. Desde aquí veía a mi marido con el periódico desplegado frente a su cara, sentado, recargado a la cabecera de nuestra cama Queen size, en donde poco sucedía desde hacía tres años, acaso bostezar y gruñir.
Estuve dispuesta, otra vez, perfumada hasta el último rincón. Mi piel blanca, limpia y con olores cálidos, esperaba por una mano que la frotara, que la oprimiese y estrujara.
Vi a mi esposo desde el nivel de mi gris almohada rellena de plumas; toqué con mi rodilla su pierna, me insinué y puse el pelo suelto de mi cabellera recién lavada muy cerca de su cadera. Él olía a perfume viejo, a cigarro, a ajenjo, a desinterés. Cuando me sintió cerca, dio un gruñido, el que siempre emitía para decir que no o decir que sí, ya ni sabía; el mismo gruñido que le oí el día de nuestra boda cuando el sacerdote le preguntó si me aceptaba como esposa y que todos tomamos como un sí.
Los primeros meses de casados fueron de fresa y miel, por supuesto, pero a poco las frutas se secaron y sólo quedó la hiel.
Cuando el amor era cascada, a todo le hallábamos gracia.
Fue entonces cuando descubrí su gusto infantil por coleccionar revistas de historietas, Linterna Verde, en especial. Él cuidaba con celo su colección, las leía y releía con un dejo ñoño que yo disculpaba entonces. Recuerdo que para complacer nuestros desahogos carnales, llegamos al punto de comprarnos los trajes: él de Linterna, yo de la Mujer Maravilla; y jugar, jugar.
Pero la rutina nos hizo ajenos, fofos en nuestras relaciones, displicentes; medíamos nuestros deseos, pesábamos nuestras opiniones y contábamos nuestras palabras. Yo siempre deseando un hijo, él suspirando por… nada; acaso buscar números atrasados de la revista de su colección. A él le creció la panza, a mí, un poco, la papada. Él, metido en la oficina recaudadora de impuestos, yo en mi consultorio dental.
Cambiamos los viajes a la playa por salidas a Wal-Mart, nos dedicamos a fumigar nuestra emoción, nos venció a dentelladas el tiburón de los fracasos cotidianos, pospusimos planes hasta llegar a este punto frío en el que las miradas se evitaban y las lenguas se amarraban, lerdas. Yo no he tenido amores fuera de él, ni creo que Linterna ande por ahí, alumbrando otras camas.
La colección del capitán Linterna Verde se perdió un día, sin saber cómo. Yo sugerí revistas porno, tratando de reavivar la lámpara con el aceite de mujeres desnudas, recargar baterías con los enormes senos de las mujeres-vacas que ahí se mostraban, para motivar a mi héroe a pelear en nuestro lecho por «la libertad y la justicia». Intenté con encajes negro y rojos, tangas y casi toda suerte de motivadores, sin suerte.
Hacía un rato, en el pequeño comedor de nuestra breve casa, después de la cena, le avisé, mientras leía la sección de deportes, que la Mujer Maravilla se iba a dar un baño. Él gruñó. Cuando salí de la regadera, casi desnuda, brillante de crema Nivea y olorosa de perfume Maja, le dije, meliflua y al oído que esta noche quería «platicar» con él. Otro gruñido. Y aquí he estado en espera de iniciar «la conversación», igual que ayer y que anteayer.
Mi marido llegó a la cama. Yo inicié el coloquio sentimental, pero él gruñó dos veces, desdobló la sección de avisos económicos, se sentó, como ya les dije. Ya colegí que no habría plática. Y aquí estamos: él allá con su distancia, y yo acá con mis humedades.
Desde mi cojín descubrí que Linterna Verde tenía, en efecto, otros súper poderes, pues lo vi leer con los ojos cerrados; descubrí, además, que puede beberse el periódico con los titulares al revés.
Me levanté, caminé descalza y desnuda por la vieja y raída alfombra, apagué la luz del buró de su lado y regresé en penumbra a mi almohada, rellena de deseo.
Entonces descubrí otro de sus súper poderes: Linterna Verde puede leer en la oscuridad.
Abatida me dispuse a dormir, entreabrí las piernas para pasear mis dedos suaves, tersos, lúbricos por protuberancias y cavidades, en silencio, para no molestar al idiota dormido, en busca, otra vez, de un orgasmo digital



Tomado de: Trece veces por minuto, 2014.