lunes, 7 de enero de 2019

Hoy voy a Morir


Hoy voy a morir

Manuel despegó poco del suelo;  la estatura no le alcanzó más que para un metro con cincuenta. Pero ganaba altura y se iba a los cielos imaginarios cuando con diez cervezas Quijotes en la cabeza recitaba los memorizados párrafos de viejos discursos del Che Guevara, su estrella y luz.
No tanto por el vivo sol rojo de acá, o por los terregales que se levantan muy seguido, sobre todo en febrero y marzo, a Manuel le brotaba lo moreno de piel por ascendencia paterna. Iba por la vida soñando con irse a Guatemala a Nicaragua o El Salvador a combatir contra los “usurpadores del poder”. Así lo escribía cada día en su libreta-diario, lacónico, en tres líneas que, según él, lo empataban con el diario que un día llevara el guerrillero argentino. “Hasta la Victoria siempre”, remataba cada registro.
Por la mañana, Manuel salía de Lerdo, su ciudad natal, de Rayón 214 norte, su calle, su casa, donde vivía con sus padres a sus 28 años. Atravesaba Gómez Palacio; tomaba por Avenida Madero norte; pasaba Servicio Vázquez, de Pemex; después superaba el crucero del tren y enfilaba para pasar por Britingham y su granja de caballos nalgones; luego por la Vinícola El Vergel, cuna de buenos vinos de mesa pero de malos brandis. Pasaba Casa Blanca, luego las tierras labrantías de la Colonia agrícola La Popular y por el entronque a Dinamita, donde se hacen mechas y explosivos Dupont, hasta llegar a su oficina de Banrural, sucursal Bermejillo, donde él laboraba, donde lo esperaban expedientes, pagarés, campesinos y demás tranzas agrícolas.
Siempre metido en el Datsun 80 propiedad de la Institución a la que se la conocía más como Bandidal, y con la chatita, Irma, untada en su pensamiento. Así iba y regresaba, en una vida tan lisa y tan llana como aburrida.
Sólo la guerrilla y sus fantasías de combatiente podrían cambiar su rutina. O tal vez Irma Soria Rivas, la chatita, su chatita del alma, con apenas 21 años cumplidos en enero pasado. Con ella por la tarde, al parque Morelos, al Parque Victoria, a torear la calor, o a ir con Chepo el de la nieve, en el Jardín Lerdo. Daban la vuelta por Gómez Palacio, a tomar agua fresca con Mangas mochas, a la Plaza principal. A veces se iban hasta Torreón, a la nieve de los ricos, Danesa 33; la tarde caliente lo exigía y la proximidad de las tres ciudades lo hacía posible. Ella, atenta, fingía interés al escucharle, voz intensa de por medio, aquello de: “Morir, sí, pero acribillado por las balas, destrozado por las bayonetas”, tomado de un texto atribuido a Guevara.

Pero por más que engolara la voz, aun cuando enumerara los Fundamentos básicos del entrenamiento de los hombres en la guerrilla, Manuel Hinojosa Reyes, contador de oficio, no podía dejar de lado su necio pensamiento de que su chatita, Irma, lo engañaba. Muchas tardes de nieves, besos y caricias terminaron en pleito por culpa de los reclamos empujados por los infundios del muchacho. Irma se empezaba a cansar de aquella situación.
–Un día de estos lo mando a Managua –se decía la chica, ante los arranques del celoso, al tiempo que el cuasi guerrillero entrecerraba sus ojos de cuervo y amasaba sus abundantes carnes.
Hinojosa seguía, no obstante, con su reporte de diario por más que de unos días para acá había dejado aquello de  “Hasta la Victoria, siempre”, para escribir: “Hoy voy a morir”; o bien: “Me faltan tantos días para morir”, anotando cada vez el número, según los cálculos de su mortal cuenta regresiva. Le dio, además por escribir más sobre sus quejas de desamor contra la chatita Irma, que a cualquier otra cosa conectada con la lucha subversiva.
Hasta el día que Manuel pasó por Irma a su casa en Nulas 112, Colonia La Esperanza, cerca de la jabonera, en Gómez Palacio. Ella lo esperaba. Fueron a dar una breve vuelta, como siempre. Luego, a reniego, al Motel ese que está por la salida a Cd. Juárez. Ocuparon la habitación 109, sin aire acondicionado, sin alfombra y ni una botellita de agua. Pero esta vez no hubo amores, sino una ríspida pelea con la sal de los celos, como siempre.
Gritos.
Gritos y manoteos.
Gritos, manoteos y balazos.
Irma cayó al piso con dos tiros en su cabeza. Luego de ver el cuadro, se dio un balazo en su boca, hasta quedar hincado, con la mitad del breve cuerpo sobre la cama. Ambulancias. Sirenas. Irma al Hospital. Manuel al Servicio Médico Forense, para la autopsia.
No hubo recado póstumo, acaso el reporte escrito en el diario encontrado en el Datsun ’80.
“Hoy voy a morir”, anunciaba.




lunes, 31 de diciembre de 2018

Atila



ATILA EN LAS FRONTERAS DEL ENSAYO
MALVA FLORES

Cuentan que Atila, el rey de los hunos, el “azote de Dios”, no era un hombre tan cruel como su propio deseo lo pintó. Amaba la poesía pero íntimamente despreciaba —como Genserico, el rey de los vándalos—, “el lujo de los vencidos”. Fue tal vez montado sobre Othar, a las puertas de Constantinopla, cuando pronunció la frase que todos recordamos: “Las estrellas caen, la tierra tiembla, yo soy el martillo del mundo y donde pone mi caballo los pies no vuelve a crecer la yerba”. Después de un cerco cruel y de la traición de algunos romanos a su emperador Teodosio, Atila arrebató a Constantinopla un tributo brutal para sus huestes. Teodosio era un pusilánime; Atila, una máquina de guerra: y como siempre en la guerra, una máquina que fue un negocio y aceleró el fin del imperio Romano. Todo imperio llega a su término. Lo sustituye otro, pero mientras esto sucede, las guerras intestinas son la gota que lo va minando.

El arte, ¿es, ha sido, un imperio? Sólo si lo concebimos desde fuera del arte: desde todas esas vagas pseudociencias que han querido domesticar su poder subversivo, acotándolo a categorías que no le son propias; como si poniendo un cerco de palabras alrededor del objeto artístico pudiéramos construir un corral adecuado para un borrego doméstico. El arte no es un borrego y siempre se ha saltado las trancas del corralito, pero preferimos encerrarlo a dejarnos arrebatar por su radical y peligrosa extrañeza, que nos obliga a pensar. Hay que domesticar a esa fiera, hay que volverla manipulable y la hemos querido someter, desde dentro, con el lenguaje. Ese “dentro”, parece un agente embozado, un romano sin su fe, aliado de los hunos.  Pero el arte no es un imperio, sino la forma más persuasiva de la libertad.

Cuando Alfonso Reyes consideró, hace ya muchos años, que el ensayo era “el centauro de los géneros”, nos hizo un guiño sobre lo que hoy llamamos hibridez, y que no es otra cosa que la unión no disparatada de uno o más seres literarios posibles: si el hombre y el caballo cabalgaban unidos en aquella prodigiosa creatura, los elementos del ensayo, como en un tubo de ensaye, se reunían para producir un nuevo elemento. Alquimia pura, el ensayo es esa forma que resulta de la unión de seres aparentemente disímbolos; unión que ya en su torre Montaigne concebía con un perfil menos dramático, más amable, dada su naturaleza de paseo. El ensayo era, entonces, un pasear entre las cosas y los siglos, entre las obras y los hombres. Era, también, una reflexión y una crítica sobre el hombre, el arte o la literatura, escrito desde la literatura. Era, es, otra de las formas de la creación.

No voy a hablar aquí de la historia, ya muy larga, del género; ni de las extrañas y, ociosas para mí, disquisiciones sobre si es realmente un género o no. Hacerlo implicaría dudar incluso de la existencia del mulo, ese caballo/burro que propició aquel hermoso poema de Lezama Lima —su “Rapsodia”—, que inicia diciéndonos: “Con que seguro paso el mulo en el abismo.” Así el ensayo. Sin embargo, como lo concebíamos, enfrenta hoy detractores múltiples, pues la especialización del conocimiento ha propiciado una serie de equívocos que se quieren científicos. La manía de la catalogación, de la taxonomía, ha alcanzado al ensayo, justo cuando era, de las formas, la más libre. Nos encontramos así con que ahora existen el ensayo académico, el ensayo literario y, entre ellos, una variedad absurda de nomenclaturas.

Nada me impresionó más que advertir, al participar como jurado de algunas becas literarias, que la categoría en la que yo había concursado muchos años atrás —ensayo—, ahora se llama “ensayo creativo”. Si hay un ensayo creativo, significa que hay cientos, miles (me dijeron las autoridades), que no lo son. La acotación pretendía dejar fuera al ensayo académico, las tesis y otros productos que tienen más citas que cuerpo, menos ideas que palabras. No abundaré más en ello y sólo diré que entre los escritores se ha verificado una lucha encarnizada para reclamar la titularidad del género. No sé en qué terminará esa disputa. Seguramente se talarán muchos árboles para demostrar la “legitimidad” de cualquiera de sus posturas. Aclaro que mi defensa de los árboles no quiere ser una expresión “políticamente correcta”, en favor de la “sustentabilidad”, pues quienes nos impusieron la corrección política como manera de explicar el mundo, nos obligaron a modificar nuestra visión de la realidad para así someter al pensamiento a la blandengue esfera del eufemismo, que no es peligroso, que es manipulable y que, no obstante, reclama con avidez sacrificios en su nombre. Así, una sombra recorre el campus: la de los profesores que, víctimas de un concepto alentado por ellos mismos —lo políticamente correcto—, han sido cercados por el monstruo que crearon y no son pocas las veces que injustamente se les lleva a juicio, con una absoluta falta de sentido común, por atentar contra las creencias de sus pupilos. Esto ha conducido a disposiciones “académicas” realmente asombrosas. En un programa de estudios hispanoamericanos en Estados Unidos, por ejemplo, los profesores deben advertir que algunas de las lecturas propuestas (El laberinto de la soledad, en el caso que conozco) pueden ser ofensivas para algunos estudiantes y, por lo tanto, su lectura no es obligatoria. No falta mucho para que El Quijote se prohíba y allá o acá, que un profesor le diga a un estudiante que su redacción es deficiente, puede costarle el empleo.

Esta censura sui generis oculta otro asunto que pocas veces se aborda en las distintas reflexiones sobre la materia: la perversa oficialización, homogeneización, del lenguaje crítico. A mediados del siglo pasado, el “pensamiento universitario” emergió como el único moralmente legítimo porque, se decía, era autónomo y no dependía de las circunstancias políticas o económicas: más bien debía incidir en ellas. Aunque las evidencias prueban lo contrario, la autonomía del pensamiento universitario es algo que se da por sentado: no se discute y las universidades son, en nuestro imaginario, las únicas depositarias del pensamiento crítico. Pero el lenguaje subversivo que las caracterizó durante la década de los sesenta fue expropiado por el camaleónico lenguaje oficial: nuestros ensayos son la prueba más contundente de lo que digo.

El ensayo es una de las formas más depuradas de la pasión escrita. No significa esto que su escritura deba olvidar el rigor de un estudio metódico o que, abusando de la vena lírica, el ensayo prescinda de la forzosa argumentación. El ensayo no es, tampoco, la acumulación inmoderada de citas que a nadie sorprenden y sí fatigan el alma de quien lee buscando algo que hemos olvidado: el entusiasmo. Somos nuestras palabras y no es difícil entender que la profundidad o la amplitud de nuestras pasiones o entusiasmos sean directamente proporcionales a nuestro lenguaje.

No podemos, yo no puedo, escribir sobre un asunto que no nos competa de manera personal. En cada una de las palabras que ensayamos existe ese elemento íntimo que nos conecta con lo que hacemos, así nuestro ensayo hable de las moscas, de la literatura, del futbol, la política o de las variadas formas de escribir un soneto. Hacer lo contrario es simular. Sólo si en el tubo de ensaye incluimos la sal y la pimienta de nuestras aversiones, deseos o admiraciones, podremos de allí obtener un elemento nuevo cuya único propósito será compartir una charla por escrito y hacernos pensar. Eso, finalmente, es la literatura. Una forma de leer el mundo. Una conversación que primero pasa por un soliloquio y luego, en su forma de ensayo, puede convertirse en un diálogo con el otro, aunque nunca lo conozcamos. Procurar ese diálogo, alcanzar la forma de la charla o el disenso, es, debe ser, labor del ensayo. Otra de sus tareas, y de la que dependen aquellas, es su legibilidad.

Pero en los tiempos que corren, el ensayo se ha visto asediado por una invasión que lo destruye: se cree que para evitar “el impresionismo” es necesario acudir a una terminología teórica adornada con jergas extraídas de un verdadero lenguaje autónomo: el de la filosofía. La filosofía y la literatura son lenguajes particulares que se cruzan y confluyen en el hombre. Sin embargo, los estudiosos de la literatura y en general de todas las mal llamadas ciencias sociales hemos creído que nuestros medios palidecen ante la exactitud del lenguaje científico. Desde la academia hemos pervertido al lenguaje literario sustituyéndolo por “metodologías” y un vocabulario ad hoc. En un caso aún más dramático confundimos nuestras metodologías con productos tecnológicos (“dispositivos”, según la terminología al uso). Y así como la tecnología no es el pensamiento científico, sino su aplicación, hemos dotado a nuestras vagas metodologías, que cambian según la moda, del supuesto poder de una tecnología para el uso de todos. Pero una tecnología no es un pensamiento.

El problema no estriba en la falta o existencia de un pensamiento teórico en el ensayo. Su pretendida ausencia es la razón que alegan los oficiantes para desestimar cualquier discusión literaria que no lo posea en forma de tecnicismos. Toda literatura es, en sí misma, el resultado de un pensamiento de tal naturaleza. Es absurdo creer que podemos acotarla a un vocabulario mínimo, a un pseudo razonamiento que, en realidad, es la pobre puesta en escena de una técnica pedagógica que se ha transformado en una burocracia del lenguaje. Esta burocracia ha colonizado todas las áreas de la actividad humana: ése es el poder de cualquier totalitarismo y con un lenguaje chato, romo, eunuco, nos han sometido. No nos damos cuenta y el ejemplo que sigue no es una exageración retórica. Es real, ocurrió y ocurre todos los días frente a nuestros ojos. Pero ya lo dijo Daniel Sada: “Porque parece mentira, la verdad nunca se sabe”.

Durante la pasada copa del mundo, un comentarista de Televisa empezó a discurrir sobre “la narrativa del corner” y pocos minutos después, ante la debacle del seleccionado nacional, exclamó: “es que no están sabiendo articularse”. Nadie advirtió ese giro del habla porque ése es ya nuestro lenguaje. Comentándolo, escribí en Twitter: “A la narrativa del corner debemos articular la narrativa del taco”. Fui retuiteada, aplaudida y comentada… por varias de las personas que, sin darse cuenta, utilizan a cada instante esas dos palabras —articular  y narrativa—, en su lenguaje cotidiano.

Cuando escribimos nuestros ensayos con el vocabulario sancionado por Conacyt, que en sus múltiples documentos oficiales sugiere atender los “saberes” para propiciar “la horizontalidad del discurso”, en realidad estamos siguiendo de rodillas las ideas dictadas por los organismos internacionales que decimos combatir porque son la expresión del sistema que nos sojuzga, burocratizando cualquier expresión de libertad: y olvidamos que la primera de ellas es el lenguaje. Es paradójico este mundo que dice respetar la diferencia y al mismo tiempo prohíbe y sataniza el discernimiento –que es la primera tarea del crítico–, la disensión y la variedad.

Blandiendo nuestras armas ideológicas —las palabras—, creemos que somos revolucionarios y conceptuales, pero nuestra crítica literaria es como el PRI: burocrático-institucional y profundamente corrupta porque transó con las modas, las “líneas de investigación” académica y los experimentos pedagógicos planteados por la UE, el Banco Mundial, la OCDE, etc. y, mansamente, nosotros buscamos nuestra línea, nos formamos atentos para recibir “estímulos a la productividad”; pero nos gusta pensar que estamos contribuyendo para el bien común, descalificando siglos de tradición crítica al sustituirla con el glosario técnico que nos han impuesto las instituciones.

Preocupado por la horizontalidad, la inclusión de las minorías, etcétera, el lenguaje del ensayo contemporáneo es, de hecho, un instrumento de segregación. Quienes lo escriben no hablan para que los individuos a quienes dicen incluir los entiendan; sino para un gremio que reclama sus cotos de poder y la ración presupuestaria correspondiente. Hablan entre ellos, se citan entre ellos y la pretendida “socialización del conocimiento” es sólo una etiqueta conveniente, que no amplía el conocimiento y se conforma con la uniformidad del habla. Así, es posible que un comentarista de futbol, un doctor en letras o un poeta hablen con el mismo lenguaje. ¿Necesitaría decir que, además de la religión, la mejor forma para colonizar ha sido el lenguaje? Las instituciones nos han convertido a su fe y, al mismo tiempo, nos han querido volver sus comisarios. Nuevos Torquemada, linchamos gustosos a quienes no profesen nuestra religión, aunque nuestra religión, decimos, tiene su base en el respeto de las diferencias.

En la crítica literaria ocurrieron transformaciones profundas después de la Segunda Guerra Mundial que hoy nos tienen –por lo menos en los países que somos satélites del pensamiento norteamericano, que a su vez se apropió del francés, alemán, etcétera– en un estado grave de postración  respecto de nuestras capacidades argumentativas. Hoy ya no somos capaces de imaginar o de pensar dos pasos más allá de nuestro marco teórico: deliberada o inconscientemente repensamos (repetimos) lo que otros dijeron y ese acto nos parece brillante. Creemos que el discurso es lo real; que la literatura sólo existe como documento y que nuestra función no es entender, compartir y transformar en otra, una experiencia estética, sino “problematizarla”, traducirla a un lenguaje que la traiciona: homogeneizarla.

Todo esto es grave, pero lo realmente trágico sucede cuando en un poema, o en una novela, literalmente, la voz lírica o un personaje repiensan. No es extraño que ello ocurra si desde la institución rectora de la cultura en este país, se plantearon las mismas políticas y el mismo lenguaje que usa el Conacyt. Se preguntarán, con toda razón, ¿acaso no existía un vocabulario privilegiado por la vieja historia de la literatura?, ¿no se usaban tecnicismos? La diferencia consiste en que un ensayista o un crítico los utilizaba como herramientas, pero no creía que esas voces sustituyeran al pensamiento crítico. Nos convertimos ya, como Theodore Rozack temía en 1968, en los hijos de la tecnocracia, definida por él como “la sociedad en la cual quienes gobiernan se justifican porque se remiten a los técnicos, los cuales, a su vez, se justifican porque remiten a formas científicas de pensamiento. Y más allá de la ciencia, ya no hay santo al qué encomendarse”. Pero la ciencia, no es la técnica.

Ya no construimos, arriesgamos, desarrollamos una idea: sólo podemos “articularla”, “formularla”, y con esas dos palabras simplificamos un mundo de relaciones. Es paradójico que entre los requisitos para la presentación de una tesis de grado se advierta que debe tratarse de una “investigación original”, cuando ya no creemos que los autores que estudiamos sean capaces de ningún rasgo distintivo, porque la originalidad está oficialmente desterrada: ahora, nuestros autores “reformulan”, “reconfiguran”, alguna idea previa. Ya no son el lobo que se come a los corderos: si son autores cuya obra nos produce simpatía, hacen “reapropiaciones”, “recontextualizaciones”, “engordamientos”. En el mundo del re, el plagio no debería asombrarnos: está inscrito en nuestras líneas de investigación, en nuestras preocupaciones estéticas y en nuestro lenguaje cotidiano. También lo premia el SNI, hasta que el niño se ahoga con las muchas palabras que se apropió de los otros y se vuelve un escándalo.

Para la academia todos los autores son un borrego adentro del corral, pero un borrego “paradigmático”. Ya no estudiamos la obra de un autor: la “trabajamos” y la convertimos en “emblemática”. No son más un ejemplo o un modelo: son un “paradigma que reformula y articula al mismo tiempo la ruptura de otros paradigmas”, y así explicamos lo mismo a Cervantes que a Joyce, que a Kafka, que a Aimé Césaire. Esa frase cree que refuta o condensa “teóricamente”, la discusión de Los hijos del limo, los ensayos de Eliot, y hasta al Harold Bloom de La angustia de las influencias, pero somos felices porque sin citar a los autores “hegemónicos” abreviamos, en una frase, un siglo de pensamiento.

Es curioso, pero nada ofrece el milagro de la individualidad, para aquellos preocupados por defender las identidades y las diferencias. Tal vez por ello nuestra crítica es una horizontalidad genérica e intercambiable. Hemos simplificado las enormes o sutiles diferencias que ocurren al interior del cuerpo literario, en “negociaciones entre prácticas” y creemos que no es necesario describirlas desde su compleja singularidad, sino reunirlas en el cajón de los “emplazamientos críticos”. Si yo escribo un ensayo sobre las distintas formas de actuar de un mismo escritor en Twitter o Facebook, mi trabajo puede ser calificado por la crítica como un “estudio de las prácticas intelectuales en el campo cultural”. Si, en vez de ello, me centro en el papel de Francisco A. de Icaza en España y su relación con Alfonso Reyes y los otros mexicanos exiliados, la crítica también podría decir que me he dedicado “al estudio de las prácticas intelectuales en el campo cultural”. Probablemente, mi crítico agregará el siglo, como si la demarcación temporal fuera el único incidente que los distanciara. Uno más avezado, tal vez advertiría algo que empata mis hipotéticos apuntes y entonces escribiría en su propio paper: “se trata de una revisión que repiensa y articula, desde la desterritorialidad, el empoderamiento de los marginales y su inserción en los grupos hegemónicos que detentan el campo cultural.” Si el ensayo es literatura, ¿de veras eso es la literatura? Hemos decidido que la literatura es un tema de estudio, una línea de investigación y no, una forma de comunión que intenta dar respuesta a las preguntas esenciales que nos incumben a todos. Teorizamos sobre el archivo en Reyes, pero no nos interesa el drama, que aún nos concierne, en Ifigenia cruel.

Nos encantan las palabras que terminan en al: “contextual”, “paradojal”, etcétera. Hoy, todo es pos, neo, des. Buscamos “desplazamientos”, “desapropiaciones”, “resignificaciones”, “autorreferencialidades”, “intermediaciones”, “desterritorializaciones”, “reproducciones de la singularidad”, pero ¿en verdad vemos la singularidad? ¿Realmente nos interesa la literatura? La literatura y el arte, así como la ciencia, no son “saberes”, ni son “tecnologías” y, sin embargo, constituyen lo único que nos redime como especie. Nos negamos a verlo porque creemos que ello nos excluye, cuando es lo que nos salva. Jubilosos en el dantesco infierno de la repetición sin esperanza, creemos que estamos ayudando a derrocar un imperio, sin ver que es ese mismo imperio, enmascarado, el que ya nos colonizó y somos sus agentes, sus misioneros cándidos, sus miopes comisarios que no vemos la contradicción que existe al traducir el mundo diverso que decimos ideológicamente defender con un manual de fórmulas y esquemas; con un glosario exiguo que, pensamos, dice por sí mismo, y con esas pocas voces —alentadas, difundidas y premiadas por la burocracia académica—, construimos el corral.

En las primeras páginas de El castillo, leemos: “Este pueblo es propiedad del castillo. Quien vive aquí o pernocta, vive en cierta manera en el castillo. Nadie puede hacerlo sin autorización del conde. Usted, sin embargo, o no posee esa autorización o al menos no la ha mostrado”. Entonces, K. se pregunta: “¿En qué pueblo me he perdido? ¿Acaso hay aquí un castillo?” En la academia, esa pregunta está vedada. Vivimos en el castillo, acatamos las órdenes del conde y su burocracia, hablamos con las pocas palabras que están “calificadas” para “interpretar” y traducir el mundo. Nuestro trabajo ocurre en una fábrica: la fábrica de papers, que humea día y noche, y escupe —en serie—, las nuevas escrituras que descalifican y desprecian el trabajo “no autorizado”, independiente, de cualquier crítico artesano del lenguaje, porque la independencia, la autonomía del pensamiento, también están proscritos. Nada más peligroso para la burocracia que la crítica real, la que disiente y distingue. Para evitar ese peligro nos han convencido de una de sus normas centrales: no podemos prescindir de la burocracia pues “se funda en una preparación especializada, una división funcional del trabajo, y una constelación de actitudes metódicamente integradas. Si el funcionario deja de trabajar o si su trabajo sufre una interrupción forzosa, sobreviene el caos”. Esa es una de las razones, continúa Weber, que vuelve utópico creer en la posibilidad de eliminar a la burocracia.
En el reino de la burocracia, lo sabemos, ya no tenemos aura, y debemos arrasar con todos sus vestigios porque ellos nos hablan de lo que un día creímos y no queremos ver más en ese espejo que sólo nos refleja una montaña de huesos. Igual que el alienado, el niño o el salvaje, que destruye el reloj para encontrar el tic-tac, llevados por la benévola mano de las instituciones, hemos desmontado los lenguajes y tropos. Pero a diferencia de aquellos, no lo hemos hecho por curiosidad, sino alentados por el sistema que le teme a cualquier alegoría, siempre peligrosa. Así, nos ha enseñado a derribarlas y en nombre de su Dios tecnócrata quieren hacernos creer que de esa forma entendemos, que así explicamos, que “problematizamos” y con ello estamos colaborando para el bien común.

Somos nuestras palabras, nuestro lenguaje. Por eso, para la burocracia es forzoso uniformarlo, enrarecerlo y propagar ese nuevo misterio, esa nueva fe que anuncia: ¡por fin leemos desde otro lado!, aunque ese lado sea, y no nos demos cuenta, el de un bando oficial. La literatura, ¿es, ha sido, un imperio? No. Pero germina con la savia de lo diverso y es uno de los últimos reductos de la libertad. Hemos destruido todos sus mitos, todas sus metáforas. Hemos sitiado a la literatura y socavado el poder subversivo de la lengua. En lo alto, Atila nos observa montado sobre Othar, cuyos cascos de lumbre ya quemaron la hierba. En nuestra lengua está que vuelva a florecer.


Malva Flores es poeta y ensayista. Su libro más reciente es La culpa es por cantar. Apuntes sobre poesía y poetas de hoy (Literal Publishing/ Conaculta, 2014). Es columnista de Literal. Twitter: @malvafg

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miércoles, 12 de diciembre de 2018

Pelo de reina



Pelo de reina

Ya estaba yo ahí otra vez, sentado y con la Biblia dispuesta sobre la lámina de la mesa; presto para leer los versículos aprendidos, preparados por la noche y repasados mil veces para decirlos ante aquella mujer que cada mañana servía mi desayuno en aquel merendero. Cada vez era la misma lucha y en cada trance yo salía derrotado.
“A esa mujer le hace falta conocer a Dios”, me decía convencido por más que mi certeza religiosa se derrumbaba ante aquel manojo alegre vestido con largo escote y falda corta.
¿Y los versículos cuatro, cinco y seis del capítulo ocho del libro de Daniel? ¿Y los Salmos XXI al XXIII y todas las parábolas preparadas? Todo se venía abajo con sólo ver a la mujer aquella que con sus requiebros tiraba al cazo toda pretensión de catequización, de evangelios y otros bembas de la mar.
Mis sentidos se ponían de cabeza, mi convicción de testigo de Jehová, sembrador de la fe, se doblegaba apenas la mujer se acercaba con su abanico personal, una fotocopia enmicada con la lista de platillos que se podían servir. Uma me llevaba, sin ella saberlo, a la categoría de converso.
Entrecerrando los ojos escondía el libro con los listones rojos y papelitos separadores; cerraba mis puños y, en silencio, calmando mi potro, preguntaba al Señor, mi Salvador, vencedor de dragones, cuándo me daría el valor para hablarle de Jehová a esta mujer que con su perfume, su voz y su aliento tiraba las columnas de mi fe; que derribaba sin más cornetas que las de sus pechos los muros de Jericó de mi flaca fe.
Cada vez el señor me dejaba solo y sucumbía terrenal, aunque feliz, pensando que todo lo resolvería después, pidiendo perdón por mis malos pensamientos.
Uma, de cabello negro, largo, gruesa de talle y abundantes pechos, iba y venía con su estatura media, entre las mesas y sillas, atendiendo los clientes de esa hora, yo entre otros.
Su andar menudo la hacía parecer como una gallina que picoteaba aquí, que rascaba allá, aprisa, ida y vuelta, a veces sin destino ni propósito aparente. Sus ojos rasgados, como de coreana, se entrecerraban más cuando me leía la carta u observaba el billete con el que cubría el consumo; o cuando estando frente a mí fingía desesperarse por mi indecisión y poca firmeza sobre si los huevos serían a la mexicana o rancheros, si el café capuchino o sin cafeína, si la Coca normal o dieta, si tortillas de maíz o de harina.
Uma era dueña de una sonrisa que le nacía en los labios y le reventaba en la ranura de sus ojos, llaves abiertas para entablar conversación.
Cada mañana, con apetito o sin él, el gusto de ver, oír y cruzar palabra con aquella mujer era un placer terrenal que no podía eludir, como tampoco sustraerme al gusto de verle sus gruesas piernas, escuchar su charla fluida, a veces socarrona, y de soñarla sirviéndome el desayuno, pero desnuda y en mi cama. Uma me despertaba cada mañana no sólo a la vida cuanto a la libido, que son lo mismo.
En su pequeñez, el restaurante era el espacio suficiente para que una mujer como ella imperara entre mesas de manteles cuadriculados, refrigeradores y dispensadoras de café.
Lo cotidiano de nuestros encuentros nos llevó, primero, a despedirnos con el frío saludo de mano; al tiempo vinieron los besos en la mejilla, para pasar a los que mezclaban miradas y suspiros. Por mi plática supo de mi solteronería, por la de ella, nada.
Cada mañana era lo mismo. Con boleto de autobús en mano, yo siempre salía corriendo de con Uma para alcanzar el camión que me llevaría a mis actividades de sembrador de esperanzas y del cielo.
El día que más avancé en mi abierta búsqueda de una cita con Uma fue la vez que, sin más cliente que yo, en la mesa descubrimos un cabello largo y cano.
“No es mío”, se justificó la mujer, riendo apenas, mostrando sus parejos dientes tras sus dibujados labios, caminando de un lado a otro, pero en seguida volvió con su sonrisa y encanto para cruzar, otra vez, cómplices miradas.
–¿Cuándo me regalas un cabello tuyo?– le dije.
–¡Ni loca! –contestó y fue a inventarse qué hacer.
Al rato se acercó y muy seria me dijo, inclinando su cabellera olorosa a jabón de olor:
–Aquí está, arráncalo.
La vi tan cerca, tan mía; en mi fantasía la desnudé, la besé, la acosté en mi cama, la desee. Turbado, sólo pude decir que era una broma.
Uma se acercó, metiendo su olor montuno en mi entrepierna, sus pechos abundantes en mi oreja, su sabor en mi nariz, su olor en mi boca.
–¿Una broma? -dijo con tono burlón.
Ya con mi entrepierna hinchada, con el animal despierto y pronto a desbocarse, le dije:
–Es que yo lo quiero, pero de otra parte.
Uma se encaminó, coqueta y dueña hasta el área de baños, diciéndome con su mirada que la siguiera.
–¡Ven! –ordenó ante mi pasividad.
Me quedé frío, no supe qué hacer y muy idiota sólo alcancé a decir:
–Mejor mañana, porque ya se me pasa el camión.


Tomado de: TRECE VECES POR MINUTO, mi tercera publicación.

domingo, 2 de diciembre de 2018



El hombre de Marruecos
La tarde que lo vi por vez primera, yo tomaba te de menta en el Café de Francia, frente a la plaza Jamaa el fna, en el centro de Marruecos. Era un tipo entrado en años que, vecino a mi mesa, comía a pausas largas una ensalada con abundante lechuga.
Su atuendo totalmente blanco me hizo recordar a mi viejo maestro Jerome, del Seminario Conciliar en Asunción. Jerome, nacido en Tarragona, tenía más de marinero que de religioso; siempre de blanco, misterioso y encorvado, sin edad, iba por todos lados del seminario, hablando como si cantara, grave pero suave, calmando las tormentas de jóvenes con vocación sacerdotal a punta de Salmos, y desengañando a quienes no éramos sino golondrinas sin nido en aquel colegio. El libro de Los Salmos era su favorito; de los maestros seminaristas, Jerome era el mío.
Siempre que le preguntaba por su penetrado aroma a sándalo me decía:
–Es el Mediterráneo.
El ruido de la plaza Jamaa llegaba apenas. El hombre, con anteojos oscuros, comía su ensalada en silencio, lejos de la bulla de cartomancias, encantadores de serpientes y toda laya de enreda bobos que tomaban a diario la plaza. Llevaba consigo un estuche para guardar un tumaritt.
De pronto sus manos de monje y su bastón de invidente se pusieron en movimiento, igual que todo él; en zigzag salió del café, dejando olvidado sobre una silla estuche e instrumento. Yo salí para alcanzarlo y alertarlo de su olvido, pero no tuve éxito. Se perdió entre la gente. Yo llevé conmigo, indebidamente, el pequeño maletín.
A la mañana siguiente, después de mi fracasada cita con un comerciante de aceites, me dediqué a preguntar aquí y allá, hasta dar con la dirección del ciego. El taxista que me llevó me dijo que en aquella casa vivía el mejor encantador de serpientes, no sólo de Marruecos, sino de todo el mundo, –uno que ya no ejerce, que está retirado–, me dijo.
Llegué, me anuncié. Me sentaron en una pieza con vista al jardín donde descansaba el Hamelin jubilado.
Esa fue la segunda vez que lo vi. Sentado sobre un taburete de mimbre, con sus manos entrelazadas al frente. Veía sin ver. Su vestimenta blanca me remontaba a mis tiempos de estudiante. Estaba con su rostro medio inclinado, como aguzando el oído y hablando en tarifit, un poco exasperado. Una asistente le anunció mi presencia y deseo de hablar con él. Después de cruzar preguntas entre ellos, accedió a atenderme en un momento más. Movía su cabeza con insistencia, igual que su bastón, que no encontraba punto fijo. La joven me explicó que todo era por el olvido de un instrumento en un café la tarde anterior.
Con frases en francés enredado con español, expliqué la intención de mi visita y la devolución del instrumento. La asistente dio la noticia y entonces lo vi sonreír con ojos de bondad, con la boca en O, y como pintando círculos con su cabeza, muy al estilo, otra vez, del entrañable sacerdote Jerome.
El agradecimiento del hombre permitió que nuestros encuentros se multiplicaran. Yo le contaba de mi patria, Uruguay; él ejecutaba pequeñas piezas en el tumaritt, del que en efecto era maestro. Él, educado cual monje hindú; yo, cortés y comedido. Hablábamos de Grecia, de Roma, de China, de las Américas, por más que siempre confundía mi país con Uruguay.
Cada tarde, uno a uno, fui conociendo los salones de la mansión, adornados todos con finos tapices y gobelinos; daba pena saber que aquel hombre no podía apreciar tanta belleza, no como los que tenemos útiles los ojos, aunque, según me confió, él un día los tuvo buenos.
Las salas eran dueñas de una calidez sobrecogedora. Hubo jornadas en las que llegaba de mañana y salía hasta por la noche, absorto en su ágil e inteligente discurso, y por sus espléndidas ejecuciones.
El tiempo de mi partida llegó. Le hice algunos presentes de mi tierra, algo sencillo, pues todo lo que adornaba la mansión opacaba cualquier regalo.
La última tarde juntos, el hombre me condujo por un largo pasillo, con las chicas asistentes cerca y cargando el tumaritt. Cruzamos hasta llegar a una sala poco iluminada pero alzada con múltiples y luengas tiras de seda blanca, que daban al entrono la tranquilidad que yo siempre sentía cerca del color blanco, herencia involuntaria de mi maestro Jerome. Destacaba al centro de la sala, un cubo de casi un metro, hecho de grueso cristal, cubierto parcialmente por un grueso tapete persa y soportado en una base de madera.
Mi recuerdo voló a Asunción, al Seminario, a Jerome, el de sotana alba, de dedos azules y dientes de marfil, el que prefería a Mozart sobre Boccherini, a Picasso y no a Buonarroti, al catalán que al francés y aun sobre el castellano.
Yo miraba al viejo y las niñas nos miraban a ambos. Silencio. El ciego notó mis nervios.
–Tranquilo– me dijo-, y su voz grave y suave me llevó, otra vez, a Jerome. Una chica encendió varitas de olor y aquello se llenó de aromas y más recuerdos.
Entonces sucedió. Algo dentro de la caja comenzó a moverse. El tapete fue retirado por una de las niñas y dejó descubierto el cubo y su contenido. Era una cabeza de Medusa, vieja, cadavérica, sin tiempo ni ojos, para guardar su hechizo, la misma que Prometeo había cortado hacía siglos.
Las culebras del pelo se levantaban, ondeantes, somnolientas, provocando un siseo inquietante y desquiciador.
Yo sentí que mis piernas flaqueaban y muy cerca del desfallecimiento, mi mente navegaba confundida entre el espacio aquel y el recuerdo de cualquier oratorio del seminario, con Jerome de cerca. El anciano me tomó por los hombros y los oprimió, suave pero con energía. Dijo algo en tarifit que yo confundí con un salmo. Me acercó a su cuerpo vestido de blanco, me abrazó de frente y pude tranquilizarme y oler su suave y penetrado olor a sándalo.
El hombre tomó el tumaritt; inicio entonces su más dulce ejecución: la música del flautín llenó el espacio; untándose a los altos muros de tapices de seda, a la hermosa decoración blanca del entorno. Las culebras se enredaban, amenazantes, sus silbidos y las vacías cuencas de la mujer me llenaron de terror.
La música, sin embargo, hacía su parte sacra; a poco, las sierpes cedieron al hechizo, al encanto musical. El mal presagio que para la humanidad traían aquellas culebras aún vivas, era vencido por la suavidad de los tonos del instrumento. Pronto las trenzas-serpientes se fueron apaciguando; con la música como domadora se fueron adhiriendo, otra vez, al añoso cráneo, sosegadas.
El hombre, alto y moreno, de cuerpo delgado, puso su mano en mi hombro y salimos del lugar. Me encontraba seguro, tranquilo, en paz, en su cobijo blanco. Yo no pude resistirme y repetí con voz de rezo aquello de:
“Alabad al señor, vosotras, criaturas de la tierra, monstruos de la mar… bestias todas, silvestres y domésticas, reptiles y volátiles… Salmo CXIVIII”.
Agradecí largamente al anciano. No pude evitar platicarle, anegados los ojos, del recuerdo de un hombre blanco y santo llamado Jerome y de su manto albo que a pesar del tiempo y la distancia aún me alcanzaba.
Secó mis ojos con un pañuelo, ordenó algo que no entendí y las chicas obedientes adelantaron el camino de regreso a la sala principal.
Cuando salí de la casa, el hombre de blanco me entregó un libro de tapas amarillas. Era un libro, el de los Salmos. Muy agradecido me di tiempo para preguntar por su penetrado aroma de sándalo.

–Es el Mediterráneo– dijo.



                                                                                          Marraquech, abril de 2002

domingo, 11 de noviembre de 2018

El día siete



El día siete


Ese mismo día, el sexto del onceavo mes, seguro de que ya todos sabían la noticia de que el mundo se acabaría al día siguiente, Adán se levantó temprano para observar los últimos preparativos de la humanidad.
Descubrió que la mayoría se lo había tomado con calma o al menos eso aparentaba. Los humanos no corrían ni andaban a las prisas, no más allá de lo habitual; tal vez porque no medían lo que se les venía encima o porque ya no hacían caso de los avisos fatalistas de fanáticos religiosos y de cuasi estudiosos de la cultura maya. Pero él estaba tranquilo y seguro de que, al menos de su parte, había hecho todo para avisar sobre el suceso.
Recién asignada la tarea como vocero del augurio, PRIMERO fue por su cuadra, más tarde por toda la colonia hasta alcanzar casi todos los muladares, de pobres y de ricos, avisando puerta por puerta. Así se le pasaron los meses en una tarea de advertencias que le granjearon no pocas burlas y groseras mofas.
“Me siento como uno que hizo una barca, no sé dónde”, se decía el vocero.
En su afán por avisar a todos, le dio por ir a la radio y a la prensa para comunicar el anuncio, pero se topó con los rostros de burla de los comunicadores, por lo que dejó de lado esa alternativa. Usó, en cambio, paredes cortas y muros largos. El grafiti fue su método también, amén de papelitos escritos en hojas pequeñas y tamaño carta entregadas en el metro, en buses y taxis, o pegados en árboles, postes, vidrieras o donde se pudiera. Alguien, como burla, le sugirió que se siguiera por los caminos de las redes sociales y le dio por publicar el aviso en muros propios y ajenos, aunque no sabía con cuánto éxito. Supo, eso sí, de los mil y mil chistes que aquello ocasionó.

La alerta del fin del mundo se la había dado un viejo pordiosero de nombre Gabriel a quien Adán encontró vagando por el rumbo de la estación de trenes, justo la noche de año nuevo. De andar lento y mirada perdida, el tipo aquel se aprontó ante Adán y, de frente, le pidió que le regalara una moneda, más como fórmula para entablar comunicación que para otro propósito. Él no se negó, nunca había sido tacaño, por más que no le gustaba el tono de la petición. A poco, sin más, el hombre de barba rala y atuendo extraño le dijo que le vendía un número, el cual llevaba bajo su enorme gabardina. Adán miró el número que el tipo aquel le mostraba como si de algo prohibido se tratara, no pudiendo evitar poner cara de extrañeza.
“No es un número cualquiera, advirtió el hombre aquel con voz de trueno, es el del día del fin del mundo”.
Adán le dio unas monedas más, tomó el trozo de madera tosco  firmado por el diente de la polilla y el tiempo. Fue a su casa, pretendiendo olvidarse del evento. A la hora de dormir, sin hallar un lugar exclusivo para poner el pequeño y viejo tablón con figura de crucifijo incompleto, más que de siete, Adán se quedó dormido. Sin embargo, el sueño que tuvo le dejó tal inquietud que lo llevó al día siguiente a la estación, en busca del hombre. Cuando lo encontró, nada dijo, sólo lo miró con ojos desmesurados.
–Avise a todos cuanto pueda que el mundo se acabará el día siete de noviembre, que no le falte nadie –ordenó el extraño con voz de juez.  Eso fue el día primero de enero.
Los encuentros entre Adán y el hombre se repitieron, aunque de manera esporádica. Cuando Adán cuestionaba sobre por qué él, un simple mortal, había sido elegido para avisarle a la gente, el otro encogía los hombros y contestaba con toda vaguedad:
–Fueron los dados.
Adán, viudo desde hacía años, con hijos sembrados en otra ciudad, estaba seguro de que el hombre aquel no le mentía, como lo hacían la mayoría de los humanos que trataba. Algo había en él que le atormentaba, dejándolo sin argumentos, sin posibilidad para negarse. Una vez, no obstante, pudo dispararle la pregunta:
–¿Cómo sabes tú que ese día se acabará el mundo?
–Me lo dijo el que lo construyó, una tarde cuando jugábamos dados– contestó.
–¿Jugando dados?
–Sí, moviendo el cubilete de su mano derecha, como si se tratara de una maraca, lanzó los dados que, después de rodar, sumaron siete. Ese día me lo explicó todo y me envió acá.
Le preguntó si habría una oportunidad para salvarse, el otro le dijo que sí, que el día señalado, el día siete de noviembre, el sol se apagaría una primera vez, a modo de advertencia, pero que más tarde las tinieblas serían definitivas, provocando la muerte de todo ser vivo.
–Deberás estar preparado. Llegado el momento, enciende una fogata con el madero que te di: eso te salvará.
El día llegó.
Todos como si nada, no hasta la hora del mediodía, cuando la luz del sol comenzó a opacarse. La gente volteaba al cielo, contrariada, pues no se tenía anuncio ni conocimiento de eclipse alguno. Pensaban que era una broma de mal gusto de los gringos, otros que era una estrategia de mercadotecnia de algún refresco de cola, o peor, que era parte de la campaña política de algún candidato a no se sabía qué. Y tal como lo había vaticinado el hombre aquel con cara de ministro, y difundido por su heraldo Adán, al cielo le dio por ennegrecerse a pleno mediodía.
Adán salió a la calle.
Se topó con grupos de políticos, de cínicos, hipócritas, militares y asesinos, que son igual, que lloraban a lágrima viva; encontró templos vacíos, vio a sacerdotes que frenéticos pedían perdón a grito pelado a los niños. Presenció escenas de enamorados dándose el adiós final, previo a lo que se avecinaba.
Por todos lados veían escenas de arrepentimiento, algunas sobradamente patéticas. Más adelante, a pocas cuadras, vio también cómo la gente se desprendía de televisiones, laptops y otros enseres que cultivaron sus egos; los tiraban hacia cualquier parte; sin fijarse a dónde ni en qué cantidad.
Adán regresó a casa.
Afuera la luz del sol empezaba a opacarse de más a más. Se sentó, tranquilo y sin prisas. Tenía consigo unas cerillas y papeles para avivar el fuego de su salvación. Aún se dio tiempo para salir y echar un último vistazo a la cuadra. No había temblores de tierra, ni ventiscas incontroladas, ni ruidos perturbadores en el cielo oscuro. Silencio.
Sombras.
Desolación.
Se tendió en el piso, cerró sus ojos. Al tacto puso sobre su pecho el madero con la figura del siete, sin encender fuego, sin prender chispa alguna.

Jaime González C.
Tomado de: Trece veces por minuto, cuentos.







martes, 31 de julio de 2018

Patito



Patito

Rebec@:
CUANDO TU ABUELA CASÓ con Juan H. Oviedo, al hombre le cambió la vida entera, no porque tu abuela fuera alguien especial, que al último sí lo era, cuanto por el matrimonio en sí y las circunstancia que lo rodearon.
Porque Oviedo, una vez casado continuó con su vida en el taller de reparación de maquinaria pesada, heredado del padre. Del padre, viejo español con sangre catalana, a quien le jodía que le recordaran su origen, también le heredó la desaforada costumbre de comer pan negro con rajas de queso añejo y vino tinto. No, no una hogaza ni dos ni tres, sino hasta seis, y no una botella o dos, sino hasta un odre mayor. Otra joya había en la vida de Oviedo que lo encumbraba: su desmedida afición por las carreras de caballos. A todas esas gracias y calamidades, Oviedo agregaba la del amor desmedido que sentía por tu abuela Patricia.
Su afición casi religiosa a las carreras de caballos los llevó, a él y a tu abuela, a asistir a carreras no sólo al Hipódromo de las Américas, en México, capital, sino a otros de importancia mayor, aun en el extranjero.
Tu abuela Patricia supo, desde antes del matrimonio, de la afición a las carreras del futuro marido. Desde el noviazgo, poco en serio, mucho en broma, tu abuela solía llamarlo "El tío Juan", nombre de un caballo al que hasta le hicieron un corrido que aun rueda por ahí.
Todos los excesos son malos, eso se sabe. Y si los caballos no le metieron ruido a la abuela en el matrimonio, el exceso en panes, queso y  vino tinto, sí.  Muy pronto el Ecuador del hombre le creció y le creció y le creció. Los problemas por la excesiva ingesta de lácteos y otras talegas, heredadas del padre, como ya se dijo, le hicieron ir a menudo al doctor. Vinieron, luego, las mil y una sugerencias de dietas tan variadas como absurdas. A unas y a otras, Juanito las mandaba a la madre patria, apenas se veía frente a cualquier chorizo u otro embutido.
Fueron los tiempos en que Patricia se convirtió no sólo en la esposa complaciente, sino en la enfermera de cuidados intensivos. Amorosa, la abuela lo cuidaba con esmero y atingencia. El otro, fiel y amoroso, se dejaba querer.
─Tus yerbas, equino -le decía la mujer a la hora de servirle de comer, en atención a cualquiera de las dietas de fracaso.
La suma de los años, el nacimiento de los hijos y la vida misma, hicieron del de ellos un matrimonio feliz, con altas y bajas, como todos en el mundo. Pero al hombre las yerbas no le alcanzaron para mucho, ni visitas a doctores y más doctores. Al fin, cuando le llegó la hora de su muerte, tu abuela lo despidió con serenidad.
“Patito” en lugar de Patricia, le llamaba siempre, muy en lo privado y nunca en lo público. Patito, así, en lugar de Patricia, repito. Tu abuela lo recordaba y, en medidas sesiones de queso y vino, la mujer, entre ebria y triste me lo confió.
Diez años después de la muerte de Juan Humberto Oviedo, tu abuela se volvió a fijar en otro hombre.
En mí.
Jaime


Nota: Sé que sigues yendo a tus terapias con el sicólogo. Muy bien. Es bueno para ti y para mí. Y, como ya te dije, con la abuela no todo es sexo.

viernes, 20 de julio de 2018

Juanica


Juanica


En Alto Cedro, municipio de Cueto, Provincia de Holguín, Cuba, los curas pisan poco.
Son especie en extinción desde la toma del Cuartel Moncada y a partir de que Fidel impuso su ley, pues por acá la gente le prendemos más veladoras a José Martí y al Che Guevara que al mismo Papa y sus once mil vírgenes.
Hoy, sin embargo, ha venido un cura, dicen que desde Veracruz. Pero, ¿sirven para algo los curas y sus mensajes de amor entre los hombres? En fin, la voz se corrió por todo Alto Cedro y, para más señales, esta mañana de domingo dos monaguillos vestidos con enaguas en blanco y rojo anduvieron por calles, playas y vías del ferrocarril tocando una campanilla, gritando ¡Misa!, alargando la vocal a, dando lugar y hora: ¡“Misaaaa”!, ¡Patio Santa Marinaaa, doce del mediodíaaa”!
El Patio Santa Marina, usted debe saberlo, es usado de común para bailes y guarachas. Pero esta vez ha sido muy bien acotejado para la ceremonia religiosa, a faltas de templo. Es un lugar techado con palmas, piso de cemento, largo y con paredes sólo en las cabeceras. En los laterales no hay muros, para que corra el aire y espante el calor cuando ahí se baila sabroso los días de fiesta. Pero esta vez no hay rumba, esta vez es otra cosa, mi negro.
Lienzos largos caen de morados por allá y otros blancos por acá, en vez de los muros faltantes. Donde de costumbre se coloca la orquesta en días de baile, pusieron el altar sobreponiendo varias mesas, cubiertas todas con manteles muy blancos y jarrones amarillos con flores rojas. Un Cristo crucificado fue puesto al centro, en todo lo alto, colgado de la viga central. “Pobre hombre”, dije al verlo. Una imagen grande y bella estaba bien puesta en el altar, Nuestra Señora de la Caridad del cobre. Había bancas largas y algunas sillas individuales. Debo decir, mi negro, que a nadie obligaron a venir, y creo que tampoco a nadie se le prohibió. A mí, chico, la verdad, me ha ganado más la curiosidad que la fe. Chan Chan, mi marido, dijo que él no venía.
Me he vestido con falda ancha, con pedazos de arcoíris que medio cubren mi cadera. “Un poco corta la falda dice mi vieja, quien me enseñó, antes del abecé, el Diostesalvemaría;  “Con que te tape las rodillas, Juanica -me dice mi Chan Chan- y cuidado vaya andar de sata.”  Mi escote es bajo, sí, pero, chico, ya todos saben que es por la calor. Lo de que no lleve sostén, es porque no hallo de mi talla, y poco les debe importar, pues. Me voy a misa, con mi pelo rizo, la piel morena, limpia, y mi bolso terciado.
Hasta acá he llegado.
No me detuvo ni el calor, ni el olor a melaza del cañaveral y, mucho menos, el letrero grande ese que han puesto en un cartón, colgado: ENTRA A ESTA CASA DE DIOS, VESTIDA DECENTEMENTE. A mí eso no me dice nada, pues me parece que siempre he vestido así, decente. Entro. Voy y me siento en primera fila, porque yo soy de primera, ¿sabían?  Siempre he sido de la idea de que acá en Cuba cada quien con su santo, y no más. Ah, pero eso sí, se deben respetar algunas reglas, claro, chico, porque así como dicen que Dios está en todas partes, El Comandante también. Y yo no sé cuál de los dos tiene el brazo más largo, ni cual apriete más.
La ceremonia da inicio.
Todos atentos. Hay unos que ya saben de qué se trata esto y otros que vienen a aprender. Ora me siento, ora me paro, ora me hinco, todo en orden. Me santiguo como se debe. Como se debe, doy la paz. No me gustan los cánticos, pero ni modo que canten de Benny Moré o de la Matancera, no, por Dios, no, chico, eso es para otro momento.  
Pero noto al cura nervioso, sobre todo cuando me siento y mi falda no da para cubrir  mis piernas, y más cuando se me quedan un poco abiertas. Uy, y si agito y toco mi pecho repitiendo aquello de “Por mi culpa, por mi culpa, por mi grande culpa…”, mis tetas libres sienten la mirada del sacerdote, que hasta pienso que se quiere morir nomás de verme, y que ya ha de estar con sus timbales muy hinchados. Creo que todo es por mi culpa, por mi culpa… “Mejor me salgo,  el cura me lo agradecerá”, me digo.  Y salgo, sí, trato de no llamar la atención, cabeceo lienzos y tiras de humo de copal blanco y de incienso morado. Cuando ya casi salgo veo el otro letrero: APAGUE SU CELULAR. “Carajo, qué vaina, cuál celular, si la Revolución nos ha alcanzado para escuelas y hospitales, un poco de tv en blanco y negro, y no más. Entonces, ¿de dónde celular?”
         Camino hasta fuera, con el aire besando mi cara.
Hurgo en mi bolso hasta dar con el cigarro consumido a medias, el que me encontré aplastado en un cenicero de la Oficina de Correos. Pido lumbre a uno, y me sigo por la playa, descalza, fumando el pedazo de basura que no sabe a habano. Fumo y camino; camino y pienso; pienso y repienso que por acá en Alto Cedro, ni por Mayarí y menos en Marcané, los curas ni las vírgenes ayudan mucho a la hora desear un celular.
Bueno, ni Fidel y su puta Revolución.