domingo, 31 de marzo de 2019

El otro samaritano


El otro samaritano

No, no fue por casualidad que los cuatro hijos de don José llevaran nombres de apóstoles. El padre, viejo carpintero y sentido creyente, así lo planeó desde un principio. A su única hija la bautizó como Magdalena.
          Pedro era uno de esa cuarteta de muchachos con nombres bíblicos. Era un jovencito al que conocí de rebote, dada la amistad que cultivó con mi hijo mayor. Su presencia reiterada en casa le ganó no sólo nuestra confianza y amistad, cuanto una silla en nuestra mesa y otra más frente a nuestra computadora. Mi trato con el padre del chico, ligero al principio se incrementó con el tiempo; con  Pablo, Juan y Lucas, los otros apóstoles, jamás tuve trato.
          Desde hacía poco mi hijo, que vivía trabajando en otra ciudad, me solicitó vía teléfono que ubicara el domicilio de Pedro y su esposa, a quienes yo no veía desde el bautismo de su primogénito, para la entrega de un envoltorio que él, mi hijo, me enviaría. Llegado el momento, con paquete en mano me apersoné al domicilio del muchacho. Llegué a la casa, pequeña como suspiro, con unos metros de pasto bien cuidado al frente, entrada para un auto, y una retahíla de macetas con tiestos preñados de flores vivas y radiantes replegadas a la pared. Después del timbrazo, unas caras sonrientes, las de Pedro, Ana la esposa y la de don José, me recibieron:
—Hola, don Jesús –me bien vinieron.
Nos abrazamos. Cruzamos palabras entrecortadas y saludos empalmados. Pasamos a la sala dispuesta con sencillez pero con detalles de buen gusto, sobre todo en los acabados de madera, muy seguro planeados y hechos por el viejo. Recargados al muro se exponían sobre pedestales de pino y caoba con buen gusto los ilustres bustos de hombres griegos. Por el otro lado se veían réplicas de cuadros de Dalí, muy bien enmarcados. Me ofrecieron ponche de frutas que se antojaba y que el frío matinal exigía. Antes de entregar el envoltorio platicamos de cosas que, sin buscarlo, nos llevaron a los días en que, con mi hijo, Pedro se la pasaba realizando tareas de sus estudios en C C H, en casa.
El viejo mostraba su agradecimiento; levantando su tazón de ponche humeante y oloroso, como toda la casa, me dio, de pie, su más sentida gratitud. Y contó algo de lo que yo no recordaba bien a bien. 
—¿Recuerda, don Jesús  –me dijo– cuando la desgracia se nos vino por  la muerte de Lucas, mi hijo? Usted siempre estuvo con  nosotros, apoyando en todo momento. Fue usted quien pagó los gastos de la misa y quien cubrió, además, la renta de uno de los autobuses para llevar gente al panteón. Hubo ramos de flores en la tumba de mi hijo que nunca supe quién envió. Por mi hija supe de su generosidad, lo que me hizo pensar que fue usted, nadie más, quien los ordenó. Y bien me acuerdo que nos prestó su coche para que fuéramos, mi esposa, mi hija y yo, de la iglesia al camposanto.
Yo me acordaba de la muerte del muchacho, en efecto, y que los acompañé en su dolor, pero de lo demás, no.
Pedro, el hijo, abundó:
—Usted estuvo, también, todos los días de rezos del novenario, en el templo de San Martín.
Y luego Ana:
—Yo de eso no sé, todavía no llegaba a la familia, pero sí me consta que en nuestra fiesta de boda, ¿recuerdas, Pedro?, fue usted, don Jesús, quien pagó la sidra para el brindis y el vino para invitados.
          No sabía qué decir. Muchos detalles se me escapaban, ya les dije.
          De lo que sí me acordé muy claro fue de las encerronas que en esos días del novenario y en otros más, Magdalena y yo nos dimos en un pequeño cuarto de motel, por la salida de la carretera a Parral. 


lunes, 25 de marzo de 2019

Cayena y el cuento del hombre viejo


Cayena y la muerte del viejo


Rebeca:

La tarde, luego la noche y después la madrugada fueron mías. Otro regalo de mi hermano el insomnio. Y yo metido en mi escribanía.
Durante mi estado sin sueño, leo, escribo y, aunque poco, escucho música. Así vivo mi locura que ya alcanza tres años.
El amanecer y el sol, tomados de la mano llegaron a mi casa trayendo con ellos a Cayena. La niña se me apareció con sus lunas de plata y su sonrisa de impúber inocente. Con su cara limpia, sin maquillaje y con hebras de seducción prendidas, entró sin abrir la puerta. Dueña segura de las llaves de todas las entradas del mundo y los mortales, fue a la cocina. Me ubicó, sabedora de lo que hacía y de qué modo y preparó café para ambos. En un tazón dispuso de galletas de repostería, las que guardo escondidas, cuidando que no las coma tu abuela pues la harina le hace daño.
Se sentó frente a mí.
Yo dejé de lado el íncipit con el que planeaba arrancar la historia del celoso que mató a su mujer. Cruzó las piernas, sentada y con la taza humeante entre sus manos, me dijo:
"Un hombre rico, muy rico al que le anuncié su muerte, en su última noche decidió hacer una broma para sus hijos zánganos. Los llamó a todos. Vinieron pronto, con el ánimo de la herencia prendido, más que con el fin de acompañar al viejo en sus últimas. También llegaron doctores. Y los abogados que llevaban el asunto del testamento. El hombre, previsor y sabedor del ánimo negro de los familiares, había ordenado con antelación ricas viandas. Y botellas de vino. Y ricos y seleccionado dulces. Puertas adentro, él moriría. Puertas afuera, los zánganos tendrían fiesta.
El tiempo escurrió, afuera y adentro. En la recámara mortuoria, el viejo, los doctores y abogados, se tomaban su tiempo. En los jardines y patios, cuando la comida y los vinos empezaron a escasear y de la agonía del moribundo no se sabía nada, uno de los hijos propuso entrar, como fuera, al cuarto aquel; golpeando la palma de su mano con el otro puño, reiteraba aquello de “como sea” Otros proponían esperar. Al fin, luego de discutirlo largo, el vino les sugirió que entraran.
Pero en la habitación no había nadie. Por una ventana, ayudado por leguleyos y doctores, el viejo se había ido sin decirles a dónde."
-Pero, ¿al fin el hombre murió?
-Por supuesto.
Vino luego una pausa larga en la que Cayena y yo bebimos y comimos galletas. Al fin, con los restos de galletas en sus labios, Cayena vino a abrazarme por la espalda, a meter su aliento dulce por mi nuca. Mi animal se despertó, olvidando que Cayena es una niña, pero que empieza dejar de serlo.
-¿Y tú?
-¿Yo, qué...?
-¿Qué vas a hacer en diciembre, cuando mueras?
-Quiero beber café y seguir metido en tus ojos...
–Estás loco...

Jaime

P. D. Dejaré de enviarte recados, Rebeca, al fin que no respondes a ninguno. No se te da, lo sé. Lo tuyo, lo tuyo, está en, no sé...

Diox.

miércoles, 13 de marzo de 2019

Pierre


Pierre

Pierre en verdad se llama Diego Armando, por el Pelusa Maradona; siempre quiso ser árbitro, pero acabó preparando ensaladas y cortes para mí, tendiendo mi cama, restregándome la espalda con jabones de olor y secando mi espalda con amplias sábanas de algodón con los impresos girasoles amarillos de Van Gogh.
            De Pierre se pueden decir muchas cosas, las más buenas, por más que algunos lo critican por mal cocinero, pésimo modisto y hasta por maraca; pero hasta ahora ha sido el único que me atiende y cuida mejor que mi madre, que se fue cuando mis carnes se desbordaron inefables, aunque luego regresó, arrepentida.
            No, Pierre no es perfecto, pero casi.
     
            El mismo día que conocí a Pierre en la cola de espera para verme, estuvieron también unos periodistas de El Clarín. Llegaron los muy boludos, amenazando con que si no me dejaba fotografiar desnuda, correrían historias como la de que yo nací después que mi madre había tenido sexo con un burro. Después de una breve discusión, acabamos en que yo me quitaría las pilchas, ellos tomarían sus placas, a cambio de correr la voz para que, quien quisiera venir a verme, lo hiciera previo pago de diez duros.
    Fue en ese tiempo cuando la fila de mirones se hizo tan larga como diversa. He visto pasar deportistas que quieren jugar con mis bubis, como si estuvieran en la Bombonera de Boca Juniors o en el Monumental de River Plate; poetas que vinieron a querer escribir sonetos en una de ellas; ensayistas que quisieron escribir en las dos. Vinieron émulos de Che Guevara a plasmar consignas, que al fin el espacio no es problema; arribaron budistas, y de los otros, queriendo inscribir Juan 3: 16; políticos para promulgar una tesis de engaño; cuentistas pretendiendo anotar un inspirado íncipit; y hasta chavos banda para garrapatear el dibujo de un grafiti incluidas unas ramas de mota.
            Pierre es tan paciente como un monje, o casi.
           
Nacido en Mendoza, Pierre hizo el viaje en bondi, movido por no sé qué sentimiento, para verme y conocer el fenómenos de mis nalgas enormes y mis bubis continentales. Aunque empezaba a dejar de ser un pibe, Pierre mostraba su encanto a través de una mirada a la Gardel, que me hacía suspirar.
            Cuando me vio por primera vez, Pierre ni se asustó, ni dijo nada fuera de lo ordinario. Me vio de vuelta entera, tirada como me encontraba sobre un sofá, cubierta apenas con las palmas de playa de una toalla marina, como quien mira un auto por la carrocería para comprobar su estado. Meneando la cabeza me dijo:
             ──Si me dejas, haré de ti una reina.
             ──Primero hazme algo de comer, antes de subirme al trono le dije.
            Y acá se quedó.

Pierre duerme en un sillón largo que nadie usó, excepto mi madre, hasta antes de irse. Yo sigo durmiendo desparramada en el redondo aposento con cenefas colgantes, amarillas y rojas, que penden de un techo de varillas que amenazan con caérseme encima.
            Cada mañana, luego de los buenos días, Pierre me ayuda a ir al baño; allá me enjabona, primero con lejía, luego con esencias y yerbas de aromas. Me seca parte a parte, aplicando aceite Menen con suaves toallitas. ¡Ah, son los más relajantes masajes que dedos algunos me hayan dado! Siento sus dedos de seda yendo y viniendo por todos lados, sí, por todos.
            Para las diez de la mañana, después de un frugal desayuno en el que abundaban frutas y yogurt, Pierre me acomoda en los almohadones de plumas, rojos, y amarillos, en los que me encuentran, como ballena varada, aquellos que pagan la cuota por conocerme, por saborear desde lejos mis trémulas tetas de vaca suiza, mis balones de playa, desnuda, sin sostén francés ni tanga brasileira y mucho menos pudor.
Al mediodía, después de las visitas morbosas, Pierre prepara bifes y verduras, con más amor que sazón.
 Pierre es un gran chef, o casi.
           
Una vez, movidos por el morbo más que por cualquier otro rigor, llegaron a visitarme tres tipos vestidos de militares. Pierre me alertó:
──Ten cuidado, Karola, que estos, más que tenientes, parecen obispos.
            Los tipos entraron, saludaron fingiendo dureza en sus rostros de ojos brillosos por el libido y la hipocresía. El más viejo, el de más estatura, dijo algo en latín, a la vez que movía sus lindas manos, como si repartiese agua bendita con un hispo. Eso los delató, eran sacerdotes, en efecto, de esos renglones torcidos que gustan desflorar niños y preñar monjas. Sin más, con el talento y el cuidado que Pierre me había enseñado, me quité la sábana de las palmeras. Se les desorbitaron los ojos. Mudos, no hallaron qué hacer. El viejo del latín se encaminó a tocarme. Cuando con sus manos hipócritas pudo tomar uno de mis senos, le dio por llorar con llanto de perro. Los otros se encaminaron a  hacer lo mismo, pero Pierre los paró:
            ──Alto, capitanes, primero paguen que sólo el aire es gratis.
            Sin control, no sabiendo qué decir, a los tipos les dio por tocarse sus genitales hinchados. Hice un esfuerzo por darme vuelta hasta quedar de espalda, con sus miradas resbalando por mi trasero, muestrario de estrías, y por mi espalda, tobogán de feria. Se miraban extasiados con mis piernas de cuadro de Botero, de derroche y de jamón Virginia. Les dio por llevar sus dedos a sus respectivos glandes, por debajo de sus chaquetas de artificio. Uno pidió permiso para ir al baño y los otros lo siguieron. Pierre los condujo y, a poco, los escuchamos masturbándose, los muy cochinos.
            Pierre me cuidaba, ya lo dije; me acaricia con tersura, con esmero. Lleva las cuentas de gastos con sapiencia de judío.
            Pierre es un agente financiero, o casi.
   
El día que mi vieja regresó, escena de llanto incluida, troné y la volví a echar de casa, pero Pierre hizo un mohín y escupió su opinión.
             ──¡Es tu madre, Karola, por dios!
            Luego de una breve tanda de reclamos entre Pierre y yo, mamá se quedó en casa. Pronto Pierre le compró otro sofá cama. Juntos fueron por ahí, consiguiendo la despensa, aceites, afeites y jabones. La atención a los mirones continuó aunque, a decir verdad, la frecuencia ha ido a la baja.  Pierre se entretiene en diseñarme un sostén monumental, talla carpa de circo, más que nada para cubrir los arroyos que las estrías empiezan a mostrarse en mis montes olímpicos, en mis cordilleras andinas.
            Hay días en que nadie viene, por más papeletas y anuncios que en el Barrio de Flores, donde vivimos, al sur de Buenos Aires, Pierre y mamá van tirando. Pierre me habla de la Internet, como alternativa de publicidad.
            Con más tiempo sin espectadores, las sesiones de masaje no sólo se alargan, sino que han alcanzado a mi madre. Pierre y sus dedos de Ángel nos relajan hasta el orgasmo.
            Un día, después de la sesión de batido de masas, mamá sorprendió a Pierre en el baño, jugando con sus genitales. Nadie dijimos nada, pero cuando estuvimos juntos en los almohadones, sin mucho ruego Pierre se dejó desnudar; mi madre con su experiencia y yo con mis atributos de ballena ancestral, le mostramos el Norte y el Sur; por dónde entrar y por donde salir; vaya, pues, le dijimos por dónde y cómo. Pierre estaba feliz y nosotras también.  
Pierre es un Gardel, y no un marica, como algunas malas lenguas lo calificaban.
    Benditos los dedos y el animal de burro a la Gardel que renació en la entrepierna de Pierre, nuestro amado y querido Pierre.





lunes, 11 de marzo de 2019

Sí, ajá



Sí, ajá

El hombre dejó su trabajo de fígaro por unos días. Abandonó la frontera Norte para regresar a Apaseo el Grande, Guanajuato, de donde había salido años atrás, luego de ver morir a su madre en forma poco amable. La voz al teléfono de una vieja vecina le avisó, días atrás, que su padre “estaba malito”.
—¿Malito del verbo grave? –preguntó ajeno.
—Malito del verbo date prisa si lo quieres ver vivo.
Sin muchas ganas vino a Guanajuato. Recordaba que el padre fue cantante de bares y piqueras. Borrachos y enamorados de balcón de barrio fueron sus clientes. Junto con otros tres, destrozaban las canciones de Los Panchos y los tangos de Gardel. Las canciones llenaban el alma del bohemio, pero no el estómago de la familia.
A la muerte de la madre, las distancias entre padre e hijo se hicieron más hondas y más largas. Por mucho tiempo del Bajío a la frontera no hubo teléfono que les funcionara. Ni telégrafo, ni carta escrita ninguna. Sólo dejaron de preocuparse el uno del otro.
Pero el muchacho regresaba a casa veinte años después, para ver al viejo cuyos males lo mantenían postrado, doliente la cabeza, inflados los pies como sapos de charco grande. Se vieron de nuevo. Pero no hubo ningún saludo que sugiriera afecto; ni un saludo oral, ni una mano estrechando la otra. Lo único entre ellos fueron los largos columpios de silencio.
El hijo nada hizo por el otro que, metido en su queja silente, de nada se quejaba. Al fin, el padre hizo un esfuerzo para decir lo que ambos sabían:
—Voy a morir.
—Sí, ajá –dijo el muchacho en tono agrio.
          Entre susurros el moribundo pidió que lo enterrara junto a la madre.
—Sí, ajá.
Que en aquel frasco hay dinero. Sí, ajá. Que después del entierro, llamas a los teléfonos que están anotados en el almanaque aquel, el de Pedro Infante. Sí, ajá. Les dices que morí, que vengan a recoger una guitarra cada uno, de las que están colgadas en el muro. Sí, ajá.
Eso fue todo y eso fue mucho.

La noche fue crítica. El muchacho lo oyó toser con esfuerzos de muerto en la orilla. Lo vio llevar sus ojos de blanco a negro. Después de fumarse el cigarro de la indiferencia, el muchacho tomó una decisión aparejada a una almohada de las que el moribundo tenía para hacerse menos agro el catre. Ausente de sonrisas, de mueca o de algún viso de caridad, el joven se le encimó con la almohada dura y sucia. La midió en el rostro del hombre. Luego la puso sobre la cara, hasta asfixiarlo. “Igual que tú le hiciste a mi madre” –le recordó.
Al otro día, gente de una funeraria levantó el cuerpo, para su cremación. Les mintió a los del velatorio cuando les dijo que más tarde iría por las cenizas. De a poco apiló en el patio viejos cancioneros, deshojó folletos con la vida de Gil, Navarro y Avilés. Hizo entonces una lumbrada, grande, alta, suficiente para meter en ella sábanas, cobijas, colchonetas y cuanto trapo hubiera que oliera a su padre. Con paciencia, una a una, metió al fuego purificador las tres liras, las guitarras de serenatas y parrandas, agregando calendarios caducos, y más papeles, y más cartones, y más cancioneros, y más todo.
Consumada la danza de fuego, fue y entregó la llave de la casa a la vecina, la de la llamada de larga distancia previniendo la muerte, luego tomó camino al Norte, a su peluquería, a su Juaritos querido, men.

viernes, 1 de marzo de 2019

El hombre de Marruecos


El hombre de Marruecos

La tarde que lo vi por vez primera, yo tomaba te de menta en el Café de Francia, frente a la plaza Jamaa el fna, en el centro de Marruecos. Era un tipo entrado en años que, vecino a mi mesa, comía a pausas largas una ensalada con abundante lechuga.
Su atuendo totalmente blanco me hizo recordar a mi viejo maestro Jerome, del Seminario Conciliar en Asunción. Jerome, nacido en Tarragona, tenía más de marinero que de religioso; siempre de blanco, misterioso y encorvado, sin edad, iba por todos lados del seminario, hablando como si cantara, grave pero suave, calmando las tormentas de jóvenes con vocación sacerdotal a punta de Salmos, y desengañando a quienes no éramos sino golondrinas sin nido en aquel colegio. El libro de Los Salmos era su favorito; de los maestros seminaristas, Jerome era el preferido mío.
Siempre que le preguntaba por su penetrado aroma a sándalo me decía:
–Es el Mediterráneo.
El ruido de la plaza Jamaa llegaba apenas. El hombre, con anteojos oscuros, comía su ensalada en silencio, lejos de la bulla de cartomancianas, encantadores de serpientes y toda laya de enreda-bobos que tomaban a diario la plaza. Llevaba consigo un estuche para guardar un tumaritt.
De pronto sus manos de monje y su bastón de invidente se pusieron en movimiento, igual que todo él; en zigzag salió del café, dejando olvidado sobre una silla estuche e instrumento. Yo salí para alcanzarlo y alertarlo de su olvido, pero no tuve éxito. Se perdió con su bastón entre la gente. Yo llevé conmigo, indebidamente, el pequeño maletín.
A la mañana siguiente, después de mi fracasada cita con un comerciante de aceites, me dediqué a preguntar aquí y allá, hasta dar con la dirección del ciego. El taxista que me llevó me dijo que en aquella casa vivía el mejor encantador de serpientes, no sólo de Marruecos, sino de todo el mundo, “Uno que ya no ejerce, que está retirado”, me dijo.
Llegué, me anuncié. Me sentaron en una pieza con vista al jardín donde descansaba el Hamelin jubilado.
Esa fue la segunda vez que lo vi. Sentado sobre un taburete de mimbre, con sus manos entrelazadas al frente. Veía sin ver. Su vestimenta blanca me remontaba a mis tiempos de estudiante. Estaba con su rostro medio inclinado, como aguzando el oído y hablando en tarifit, un poco exasperado. Una asistente le anunció mi presencia y deseo de hablar con él. Después de cruzar preguntas entre ellos, accedió a atenderme en un momento más. Movía su cabeza con insistencia, igual que su bastón, el cual no encontraba punto fijo. La joven me explicó, sin yo pedirlo, que todo era por el olvido de un instrumento en un café la tarde anterior.
Con frases en francés enredado con español, expliqué la intención de mi visita y la devolución del instrumento. La asistente dio la noticia y entonces lo vi sonreír con ojos de bondad, con la boca en O, y como pintando círculos con su cabeza, muy al estilo, otra vez, del entrañable sacerdote Jerome.
El agradecimiento del hombre permitió que nuestros encuentros se multiplicaran. Yo le contaba de mi patria, Paraguay; él ejecutaba pequeñas piezas en el tumaritt, del que en efecto era maestro. Él, educado cual monje hindú; yo, cortés y comedido. Hablábamos de Grecia, de Roma, de China, de las Américas, por más que siempre confundía mi país con Uruguay.
Cada tarde, uno a uno, fui conociendo los salones de la mansión, adornados todos con finos tapices y gobelinos; daba pena saber que aquel hombre no podía apreciar tanta belleza, no como los que tenemos útiles los ojos, aunque, según me confió, él un día los tuvo buenos.
Las salas eran dueñas de una calidez sobrecogedora. Hubo jornadas en las que llegaba de mañana y salía hasta por la noche, absorto en su ágil e inteligente discurso, y por sus espléndidas ejecuciones.
El tiempo de mi partida llegó. Le hice algunos presentes de mi tierra, algo sencillo, pues todo lo que adornaba la mansión opacaba cualquier regalo.
La última tarde juntos, el hombre me condujo por un largo pasillo, con las chicas asistentes cerca y levando el tumaritt. Cruzamos hasta llegar a una sala poco iluminada pero alzada con múltiples y luengas tiras de seda blanca, que daban al entrono la tranquilidad que yo siempre sentía cerca del color blanco, herencia involuntaria de mi maestro Jerome. Destacaba al centro de la sala, un cubo de casi un metro, hecho de grueso cristal, cubierto parcialmente por un grueso tapete persa y soportado en una base de madera.
Mi recuerdo voló a Asunción, al Seminario, a Jerome, el hombre de sotana alba, de dedos azules y dientes de marfil, el que prefería a Mozart sobre Boccherini, a Picasso y no a Buonarroti, al catalán que al francés y aun sobre el castellano.
Yo miraba al viejo y las niñas nos miraban a ambos. Silencio. El ciego notó mis nervios.
–Tranquilo– me dijo-, y su voz grave y suave me llevó, otra vez, a Jerome. Una chica encendió varitas de olor y aquello se llenó de aromas y más recuerdos.
Entonces sucedió. Algo dentro de la caja comenzó a moverse. El tapete fue retirado por una de las niñas y dejó descubierto al cubo y su contenido. Era una cabeza de Medusa, vieja, cadavérica, sin tiempo ni ojos para guardar su hechizo, la misma que Prometeo había cortado hacía siglos.
Las culebras del pelo se levantaban, ondeantes, somnolientas, provocando un siseo inquietante y desquiciador. Yo sentí que mis piernas flaqueaban y, muy cerca del desfallecimiento, mi mente navegaba confundida entre el espacio aquel y el recuerdo de cualquier oratorio del seminario, con Jerome de cerca. El anciano me tomó por los hombros y los oprimió, suave pero con energía. Dijo algo en tarifit que yo confundí con un salmo. Me acercó a su cuerpo vestido de blanco, me abrazó de frente, pude tranquilizarme y oler su suave y penetrado olor a sándalo.
El hombre tomó el tumaritt; inicio entonces su más dulce ejecución. La música del flautín llenó el espacio; fue untándose a los altos muros de tapices de seda, a la hermosa decoración blanca del entorno. Las culebras se enredaban, amenazantes, sus silbidos y las vacías cuencas de la mujer me llenaron de terror.
La música, sin embargo, hacía su parte sacra; a poco, las sierpes cedieron al hechizo, al encanto musical. El mal presagio que para la humanidad traían aquellas culebras aún vivas, era vencido por la suavidad de los tonos del instrumento. Pronto las trenzas-serpientes se fueron apaciguando; con la música como domadora se fueron adhiriendo, otra vez, al añoso cráneo, sosegadas.
El hombre, alto y moreno, de cuerpo delgado, puso su mano en mi hombro y salimos del lugar. Me encontraba seguro, tranquilo, en paz, en su cobijo blanco. Yo no pude resistirme y repetí con voz de rezo aquello de: ºAlabad al señor, vosotras, criaturas de la tierra, monstruos de la mar… bestias todas, silvestres y domésticas, reptiles y volátiles… Salmo CXIVIII.
Agradecí largamente al anciano. No pude evitar platicarle, anegados los ojos, del recuerdo de un hombre blanco y santo llamado Jerome y de su manto albo que a pesar del tiempo y la distancia aún me alcanzaba.
Él secó mis ojos con un pañuelo, ordenó algo que no entendí y las chicas obedientes adelantaron el camino de regreso a la sala principal.
Cuando salí de la casa, el hombre de blanco me entregó un libro de tapas amarillas. Era un ejemplar, el de los Salmos. Muy agradecido me di tiempo para preguntar por su penetrado aroma de sándalo.
–Es el Mediterráneo– dijo.






Marraquech, abril de 2002

lunes, 25 de febrero de 2019

Un beso en la boca


Un beso en la boca
                                                                                                                                                        
Cuando eché de esta a casa a tu papá, mi hermano, él  jamás regresó. Sólo vino un par de veces: cuando te trajo, robado, y cuando regresó para que tu tío Luis le metiera un tiro de escopeta, aquí, afuerita, en la salida al corral; tú tendrías escaso un año de edad.
Así confesaba Fidela al sobrino que veinte años atrás había sido arrancado de sus brazos y que hoy estaba de regreso. En la casa, junto al pobre menaje brillaban la desesperanza y la amargura. Al fondo un modesto comedor lindaba con la ahumada cocina. Había también una hornilla, la que a diario la mujer ciega incendiaba con habilidad de mago; y una puerta de tosca madera que llevaba a los corrales. Entre lo poco, lo que más destacaba era un juguetero repleto de  muñecas de trapo rojas, verdes, azules, rosas.
Fidela y Alfonso eran hermanos; llegaron a San Jorge Bendito hacía cosa de cuatro lustros, después de sepultar a sus padres, muertos por venganzas en su ranchería de la sierra. Acá se quedaron a vivir en esta casa, en San Jorge Bendito, buscando la calma y meter trecho entre ellos y la violencia serrana vivida y maldecida.
Pero la sangre llama, y más la caliente.
Hoy, sentada al borde de la chimenea con olor a encino, Fidela, invidente por el humo de la vida y el desamparo, hablaba con Luis, su sobrino. Nerviosa, bebía café en una añosa taza adornada con una descolorida escena bucólica; él contemplaba a la mujer, de pie, con su amplio sombrero bailando entre sus dedos. 
─Sé que vienes a despedirte de mí, a decirme que vas a poner fin a tu vida de vértigo; sé que quieres poner un poco de orden a tus ideas. No te ofrezco café porque igual que tu padre nunca le hallaste sabor; yo sí, tomo hasta cuatro tazas, más cuando los recuerdos me meten zancadilla. Cuando recién te trajo tu padre, sólo tomabas leche cruda. Así lo acostumbraban en casa de tus tíos, en La cañada de los Luises.
Con voz adolorida, grave, la anciana tomaba aire a la vez que palpaba la brújula de su bastón.  Y seguía en su desahogo:
            ─La gente asegura que eres mi hijo, pero la verdad es que tú naciste en La Cañada. Tu madre cierta era de esa familia, la de los Luises, Luis grande, Luis de en medio, y los chicos, los Luises gemelos, cuatro centauros brutos y huérfanos que cuidaban celosos a su única hermana, tu madre Celsa. Alfonso, tu padre, ladino y burlador, un mal día se robó a tu madre. Cuando los gemelos Luises buscaron venganza, tu papá mató a ambos en una sola tirada. Tu mamá no duró mucho con tu padre y regresó con sus otros hermanos, pero ya te llevaba en su vientre. Naciste tú y murió ella. Alfonso, pocos meses después que naciste, fue a La cañada y te robó, pero en el entre tuvo que matar a Luis grande. Cuando te trajo a esta casa para que yo te cuidara, tú ya traías untado ese nombre de muertos: Luis.
El muchacho cerraba sus puños temblorosos apretando el borde del sombrero. Sus ojos inquietos iban de la lumbre del fogón a la mujer; de la puerta del corral, al ahumado techo negro.
─A tu padre le dio siempre por tomar lo ajeno; igual robaba una zahúrda que una recua de mulas cargadas. Yo no me metía mucho con él y sus asuntos, pero cuando mató al primer hombre en un pleito de cantina, entonces sí; Alfonso vino a esconderse a esta casa, pero yo lo eché, no sin antes quitarle la pistola que aun guardo conmigo, siempre a la mano, cargada, por lo que se pueda ofrecer. Ese fue el tiempo en que tu padre y otros iban por ahí, quemando maizales, azotando gentes y burlando niñas. 
La señora en su penumbra se sirvió más café de la jarrilla puesta sobre el comal del fogón. Con movimientos precisos llenó la taza del dibujo campestre, la misma que el joven Luis usó muchas veces, sólo que servida con leche de vaca, sin hervir.
─El mal día en que le dio a tu padre por venir, enfermo de tifoidea, estuvo aquí, metido sin salir. Fueron cuatro días en que lo mantuve escondido; curándolo con mejorales, veganines, yerbas y fomentos con agua caliente. Se puso amarillo, como papel de adorno, vomitando negro. Su cabeza era un tizón y el dolor lo atenazaba al punto de llanto. Una mañana tu padre salió al corral, cubierto con una cobija, para tratar de desaguar su orina de varios días. Tu tío Luis, el único Luis que quedaba, ya tenía tres lunas agazapado entre lo tupido del ramaje de los pirules, ésos del otro lado del corral, con una retrocarga terciada. Apenas vio a tu padre salir, le disparó. Yo  salí, asustada y vi a tu padre tirado, hecho ovillo entre el estiércol de vacas. Tu tío Luis saltó corral adentro, llegó hasta mí y, a gritos arrebatados trató de explicar lo de la afrenta a tu madre, lo de sus hermanos, lo de ti.
La señora temblaba. Su voz se entrecortaba por la emoción y la incertidumbre. Con su blanco mandil alcanzó sus ojos y secó las lágrimas que derramaba por el humo del recuerdo.
─Después de enterrar a tu padre, sola, sin amigos ni enemigos,  me vi entregada por entero a tu cuidado. Comenzaste a hablar; caminabas asido de mi rebozo; comías como duende y bebías como becerro, pero lo que más disfrutabas era besarme en la boca.
─Te juro, mamá, que siempre te voy a besar así, hasta el día de nuestra muerte─ prometías, inocente.  Crecías fuerte, nervudo, con esos ojos de Luises que no te cabían en la cara, por más que tu ceño fruncido y severo me recordaban más al abuelo, mi papá. Te llevaba a misa; salíamos a la plaza; saludábamos a la gente; comíamos helados, algodones de azúcar o elotes desgranados; subías a los caballitos de madera, a las sillas voladoras. Sin muchos recursos, fui dándote lo que podía, que no era mucho. Al cabo, mal vendí los caballos  que me dejó tu padre; me quedé a navegar con las pocas vacas, de donde sacaba para los quesos, los bollos y tu alimento. Por las noches te tarareaba las canciones de Pardavé. Modificaba versos para agradarte; te cantaba aquello de “Caminito de la sierra, voy buscando al criminal, ay, ay, ay,”...tú me hacías dueto, pero pronto te dormías.
Una pausa larga metía silencio al soliloquio senil.
─Yo te amo con todo mi corazón, no eres mi hijo, pero ¿cuánto falta? Yo cocía la yerba para tu tos, te llevé al médico por tus dolores de encías, fuiste al catecismo, aprendiste a leer. Mi alma lloraba contigo cuando me preguntabas por tu padre, y yo, sangrando, te mentía que se había ido para el Norte, que al volver te traería regalos. “Yo quiero una muñeca, mamá -decías- o un juego de té.”
─Entonces yo tenía buenos mis ojos. En la máquina de coser, sin preocuparme mucho de tus gustos, te hacía una y otra y otra muñeca. Tú las bailabas, las casabas, las llevabas a grandes fiestas. Luego me pedías un vestido como el de la chiapaneca de los billetes de a diez, o como la princesa Roda, o como el de la mujer de un dibujo de campo en una taza. Yo te lo confeccionaba y tú lo lucías. Cada día que te llevé a la escuela, en la puerta, delante de todos, me dabas un beso, como siempre, en la boca. Era tu obsesión. Siempre que podías, o que lo recordabas, ibas y me besabas en la boca, y yo lo consentía. Un día llevé la cuenta: me besaste diecinueve veces. A mí no me importaba, pues sólo vivía para ti. En la escuela hacías amigos, pocos; y amigas, muchas. Por las tardes, atraídas por el tul, la franela, el organdí, la seda, la lana o el percal de los vestidos de gala de tus cien muñecas, jugabas con tus amigas, sirviendo té en las tazas de juguete que alguien te regaló en uno de tus cumpleaños.
La Tía, fingiendo seguridad, tosía falsamente; a tientas se servía más café; reacomodaba su cuerpo en la saliente del fogón, así como en su cadera un oculto metal entre sus amplias faldas. Imaginaba al sobrino de pie, firme, altivo, con el sombrero en las manos; pantalones ajustados, camisa blanca,  botas,  y en el ancho cinto su pistola de hacer daño y de cumplir promesas.
─El día aciago en que tu tío Luis vino, codeándose con la policía y falsas leyes, te arrancó de mi vida para llevarte a la cañada de Los Luises. Lloré hasta que mis ojos se secaron. Abatida rezaba por ti; afligida por la congoja de no tenerte, no guardé lágrimas. Suspiraba eternamente por verte, por besarte en la boca y por cantar, juntos, otra vez, caminito de la sierra. Ahora la gente sólo habla de las atrocidades que un grupo de ingratos van haciendo por aquí y por allá; del regreso de Alfonso, mi hermano, reencarnado en ti, y por los Luises endiablados que te saltan en los ojos; sólo me guarda la idea de que recompongas tu vida, que ya no siembres más dolores; que detengas el enfermizo deseo de ocultar tus modales de mujer en cuerpo de macho; que ya no hagas más daño a cuanta jovencita se te aparece, y que sólo por demostrar tu falsa hombría deshonras, vejas y agredes, para ocultar la soledad  de tu alma.
Luego de dos sorbos, después del largo silencio:
─Yo sé bien a qué has venido, Luis... Sé que tus preguntas hallaron respuesta. Algunas no, porque esas sólo tú las puedes contestar. Pero yo, olvidada como me creía, espero de ti un beso, sólo un beso en la boca, para dormir en paz, si es que no has olvidado tu promesa. Yo estoy preparada.
El joven tomó a la mujer y la guió hasta el juguetero. Sus manos tocaron sin orden las muñecas reinas, las princesas, las hadas, las quinceañeras limpias, cargadas de mil recuerdos. Él, con sus ojos anegados, tomó a la Tía de la cintura y la acercó contra su cuerpo. Los labios calientes y ansiosos de la anciana temblaron y rozaron apenas a los del joven.
De pronto un tiro se escuchó en la pieza. La anciana cayó herida en el pecho hasta quedar tendida sobre el piso de tierra.
Moribunda, con los ojos en blanco hacia el techo, con una sonrisa dulce, la anciana trataba de cantar: “Caminito de la sierra voy buscando al criminal, ay, ay, ay...”  Luis, camino hacia donde estaban sus compañeros fuera de la casa, escuchó el leve canto de la mujer. Y se volvió. Con los ojos entrecerrados musitó, completando, la estrofa aprendida en la infancia, con muñecas vestidas de amplios holanes, tazas de leche cruda, algodones de azúcar y besos en la boca de madre postiza: ...”Que mató mis ilusiones con su modo de besar ay, ay, ay...”
Otro tiro sonó, salido de la entre falda de la anciana. El bandido cayó encima del mueble repleto de muñecas, fulminado.









lunes, 7 de enero de 2019

Hoy voy a Morir


Hoy voy a morir

Manuel despegó poco del suelo;  la estatura no le alcanzó más que para un metro con cincuenta. Pero ganaba altura y se iba a los cielos imaginarios cuando con diez cervezas Quijotes en la cabeza recitaba los memorizados párrafos de viejos discursos del Che Guevara, su estrella y luz.
No tanto por el vivo sol rojo de acá, o por los terregales que se levantan muy seguido, sobre todo en febrero y marzo, a Manuel le brotaba lo moreno de piel por ascendencia paterna. Iba por la vida soñando con irse a Guatemala a Nicaragua o El Salvador a combatir contra los “usurpadores del poder”. Así lo escribía cada día en su libreta-diario, lacónico, en tres líneas que, según él, lo empataban con el diario que un día llevara el guerrillero argentino. “Hasta la Victoria siempre”, remataba cada registro.
Por la mañana, Manuel salía de Lerdo, su ciudad natal, de Rayón 214 norte, su calle, su casa, donde vivía con sus padres a sus 28 años. Atravesaba Gómez Palacio; tomaba por Avenida Madero norte; pasaba Servicio Vázquez, de Pemex; después superaba el crucero del tren y enfilaba para pasar por Britingham y su granja de caballos nalgones; luego por la Vinícola El Vergel, cuna de buenos vinos de mesa pero de malos brandis. Pasaba Casa Blanca, luego las tierras labrantías de la Colonia agrícola La Popular y por el entronque a Dinamita, donde se hacen mechas y explosivos Dupont, hasta llegar a su oficina de Banrural, sucursal Bermejillo, donde él laboraba, donde lo esperaban expedientes, pagarés, campesinos y demás tranzas agrícolas.
Siempre metido en el Datsun 80 propiedad de la Institución a la que se la conocía más como Bandidal, y con la chatita, Irma, untada en su pensamiento. Así iba y regresaba, en una vida tan lisa y tan llana como aburrida.
Sólo la guerrilla y sus fantasías de combatiente podrían cambiar su rutina. O tal vez Irma Soria Rivas, la chatita, su chatita del alma, con apenas 21 años cumplidos en enero pasado. Con ella por la tarde, al parque Morelos, al Parque Victoria, a torear la calor, o a ir con Chepo el de la nieve, en el Jardín Lerdo. Daban la vuelta por Gómez Palacio, a tomar agua fresca con Mangas mochas, a la Plaza principal. A veces se iban hasta Torreón, a la nieve de los ricos, Danesa 33; la tarde caliente lo exigía y la proximidad de las tres ciudades lo hacía posible. Ella, atenta, fingía interés al escucharle, voz intensa de por medio, aquello de: “Morir, sí, pero acribillado por las balas, destrozado por las bayonetas”, tomado de un texto atribuido a Guevara.

Pero por más que engolara la voz, aun cuando enumerara los Fundamentos básicos del entrenamiento de los hombres en la guerrilla, Manuel Hinojosa Reyes, contador de oficio, no podía dejar de lado su necio pensamiento de que su chatita, Irma, lo engañaba. Muchas tardes de nieves, besos y caricias terminaron en pleito por culpa de los reclamos empujados por los infundios del muchacho. Irma se empezaba a cansar de aquella situación.
–Un día de estos lo mando a Managua –se decía la chica, ante los arranques del celoso, al tiempo que el cuasi guerrillero entrecerraba sus ojos de cuervo y amasaba sus abundantes carnes.
Hinojosa seguía, no obstante, con su reporte de diario por más que de unos días para acá había dejado aquello de  “Hasta la Victoria, siempre”, para escribir: “Hoy voy a morir”; o bien: “Me faltan tantos días para morir”, anotando cada vez el número, según los cálculos de su mortal cuenta regresiva. Le dio, además por escribir más sobre sus quejas de desamor contra la chatita Irma, que a cualquier otra cosa conectada con la lucha subversiva.
Hasta el día que Manuel pasó por Irma a su casa en Nulas 112, Colonia La Esperanza, cerca de la jabonera, en Gómez Palacio. Ella lo esperaba. Fueron a dar una breve vuelta, como siempre. Luego, a reniego, al Motel ese que está por la salida a Cd. Juárez. Ocuparon la habitación 109, sin aire acondicionado, sin alfombra y ni una botellita de agua. Pero esta vez no hubo amores, sino una ríspida pelea con la sal de los celos, como siempre.
Gritos.
Gritos y manoteos.
Gritos, manoteos y balazos.
Irma cayó al piso con dos tiros en su cabeza. Luego de ver el cuadro, se dio un balazo en su boca, hasta quedar hincado, con la mitad del breve cuerpo sobre la cama. Ambulancias. Sirenas. Irma al Hospital. Manuel al Servicio Médico Forense, para la autopsia.
No hubo recado póstumo, acaso el reporte escrito en el diario encontrado en el Datsun ’80.
“Hoy voy a morir”, anunciaba.